CUANDO LOS HIJOS MUEREN Y LOS PADRES MIENTEN

Hoy, más que un análisis geopolítico de un reportero internacional sobre la triste situación del mundo, esta es una reflexión personal. Una reflexión como padre y, en un tiempo no muy lejano, quizá también como abuelo. Una pregunta sencilla y, a la vez, demoledora: ¿qué mundo queremos dejar a las siguientes generaciones?
Rudyard Kipling, autor de El libro de la selva y uno de los grandes nombres de la literatura inglesa, fue durante años un firme defensor de la Primera Guerra Mundial. Creía en el deber, en el imperio y en la épica del sacrificio. Como tantos intelectuales de su tiempo, alentó a los jóvenes a ir al frente convencido de que la guerra era necesaria, justa y honorable.
Hasta que la guerra llamó a su propia puerta.
Su hijo John murió en el frente. Joven, casi un niño. Y con él se rompió también el relato heroico que Kipling había sostenido. Desde ese dolor escribió unos versos que ya no hablan de gloria ni de banderas, sino de la verdad desnuda que queda cuando se apagan los discursos:

«Tres veces herido; tres veces gaseado,
tres veces náufrago, finalmente lo perdí.
Fue un alma de Dios hasta que enloqueció,
pero ya no importa, ya está bajo la tierra.
Si alguien te pregunta por qué murieron,
dile que fue porque sus padres mintieron».
Estos versos no hablan de victorias. Hablan de jóvenes rotos, de cuerpos destrozados y de una mentira repetida generación tras generación: que la guerra es necesaria, que es justa, que es inevitable. Hablan también de algo aún más incómodo: de la responsabilidad de quienes, desde la comodidad de casa o de un despacho, empujan a otros a matar y a morir.
Esto, amigos, es la guerra. Y no hablo de hipótesis ni de teorías. Hablo de realidades. He vivido muchas guerras y sé el dolor que causan. Sé lo que dejan detrás cuando las cámaras se van y los titulares cambian: familias rotas, ciudades arrasadas, generaciones enteras marcadas para siempre.
La guerra —o la provocación deliberada para crear un conflicto bélico— siempre empieza igual: con palabras grandilocuentes, con discursos inflamados, con promesas de seguridad y de futuro. Pero nunca termina donde dicen. Termina en tumbas anónimas, en hospitales improvisados, en vidas que ya no vuelven a ser las mismas.
Por eso conviene tener cuidado con lo que deseamos. Porque a veces se cumple. Y cuando se cumple, suele hacerlo de la peor manera posible.
La historia no deja de repetirse porque seguimos cometiendo el mismo error: creer que esta vez será distinto, que esta guerra sí tiene sentido, que esta violencia está justificada. Kipling aprendió demasiado tarde que no hay causa que compense la muerte de un hijo.
Tal vez ha llegado el momento de escuchar esa lección. Antes de que vuelva a ser demasiado tarde.
JOSÉ FÉLIX ABAD (Reportero internacional en conflictos bélicos)
