VOTARSE A SÍ MISMO

javier duranUnos de los asuntos más pornográficos de estas tomas de posesión municipal que hemos pasado, aunque digerido plenamente, es el de votarse a sí mismo. Entiendo que debe ser el éxtasis más morrocotudo de la partitocracia: no he venido a formar gobierno ni nada que se le parezca, sino a votar a mi propio partido en un acto de onanismo descarado.

 

En un ámbito diferente, la acción podría ser tachada de egoísta, insolidaria y de pocos miramientos, pero entendamos que nos encontramos en un contexto donde las formaciones políticas, una vez realizado el recuento y establecidas las estrategias, hacen lo que les da la gana con los votos del gran día de la democracia. En algunas corporaciones locales, en el amanecer de sus nuevos plenos, variopintos por sus cambalaches, hay concejales que no ven que el instrumento de la abstención sea suficiente, sino que a voz abierta (en algunos casos) anuncian, como decía, que se votan a sí mismos, casi como la rabieta de un infante al que se la ha tupido la tetilla del biberón, o como una demostración de enfado ante los que han logrado hacer una sociedad de intereses, dejándolos a ellos a la interperie.

Esta anormalidad regularizada por el uso y costumbre de la política profesional suele, en todo caso, dejar perplejos a los que pasan por allí: están la abstención, el voto nulo, el blanco y cada vez más el estridente votarse a sí mismo. Viene a ser igual que una pieza de burlesque sobre la democracia: soy concejal, salgo de casa repeinado, con zapatitos de punta acharolados, con la pala de la corbata tiesa, botonadura perfecta, gemelos brillantes, barba repasada, pelo calmado, y a la vuelta de la esquina, me digo: “Estoy tan guapo que hoy me voy a votar a mí mismo”. Y tal feliz.

JAVIER DURÁN

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