UN REY ATRINCHERADO

Rafael Álvarez
Rafael Álvarez

Felipe VI desperdició una ocasión más, quizá la última. Nadie sabe cuánto puede durar la decadencia de una institución que encarna, por sí misma, la obsolescencia del régimen del 78. El vínculo conformado por la monarquía, la unidad territorial y el bipartidismo es sagrado para las derechas, aunque están ciertamente desbordadas en el tablero político presente. Las mismas formaciones, y únicas, que aplaudieron el discurso de Nochebuena.

Podemos y los nacionalismos periféricos lo rechazaron. Y el PSOE sigue siendo, como antes y después de la catarsis pendiente en la Casa Real, el eslabón que une el puzle. Si el PSOE quisiera, Felipe VI ya hubiera caído. Si fuese republicano y honrase su memoria histórica, lideraría el cambio. Pero no lo hace. Y asoma un PSOE borbónico que, en realidad, se tapaba en el pretexto de que tan solo era ‘juancarlista’. El accidentalismo que el PSOE utilizaba como evasiva en la Transición para no poner sobre el tapete el republicanismo (y el legado de la Segunda República) era una farsa: su vocación es monárquica. La razón es sencilla: si cae el rey, si se desmorona el régimen del 78, el campo de juego del neoturnismo (donde el PSOE y AP/PP se han desenvuelto con reglas favorables) desaparecería. Es el miedo sistémico.

Rey atrincherado

Se evidencia que el problema territorial no se resolverá al amparo de una monarquía. Y menos aún de una cuyo titular y protagonista durante décadas, Juan Carlos I, huyó y permanece en un retiro dorado en Emiratos Árabes Unidos donde la democracia y los derechos fundamentales brillan por su ausencia. Toda una dinastía absolutista, nada que ver con el espacio europeo donde también se podría haber ido, aunque esa fuga nunca tuvo que haberse producido. Cada semana que pasa se van conociendo más escándalos de Juan Carlos I, más presuntas comisiones y manejo de tarjetas opacas y paraísos fiscales, aparte de la consabida donación a su examante con la que hizo negocios turbios. Y Felipe VI se ciñe a decir que «los principios éticos están por encima de consideraciones familiares». Para eso se hubiera ahorrado aparecer en televisión.

El mensaje fue de un continuismo decepcionante. Otra vez, el relato de la Transición… Aguas estancadas que se pudren. No hay reforma constitucional. No concurre solución al tema catalán. Todo sigue igual para que nada cambie. En La Zarzuela no hay estrategia, solo encastillamiento cuando justo el desgarro de las costuras del régimen del 78 es imparable. Todo esto durará lo que quiera Pedro Sánchez que, a su vez, está hipotecando el futuro del PSOE al monarca. Las bases y sus votantes son republicanos. Y eso, antes o después, prevalecerá. Si encima Felipe VI no apuesta por la regeneración propiciada por sí mismo, la agonía institucional se enquista. El menoscabo de la operatividad de la Segunda Restauración se acelera al calor de la crisis económica que ya azota a la sociedad y conllevará una mayor desigualdad, precariedad y desempleo. Un cóctel imprevisible que, unido al ‘procés’, han desatado la situación actual que, a todas luces, Felipe VI no asimila ni le interesa comprender.

RAFAEL ALVAREZ GIL

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