EL DERECHO A MORIR

Luis Alonso

Las buenas leyes existen para oponerse al desamparo. El Parlamento aprobó este jueves la de eutanasia, que tiene como principal objetivo ayudar a un ser humano a morir cuando ya le resulta imposible y demasiado doloroso seguir viviendo. No es ninguna tontería, pero hay quienes insisten, sin seguramente pretenderlo, en simplificar el sentido de la vida negando a sus semejantes el derecho a darla por concluida. No hay en esto demasiada compasión ni respeto por la libertad.

Quienes se empeñan, buscan imponer a los demás un final masoquista que consagra el sufrimiento bastante más allá de lo tolerable, en unas circunstancias que seguramente no querrían para sí mismos pero están dispuestos a asumir por culpa de un dogma. Afortunadamente y en un asunto capital, la mayoría de los partidos representados en la Cámara ha sacado adelante la ley. En contra votaron PP, Vox y UPN, supongo que por convic-ciones religiosas y esgrimiendo que es injusta e inconstitucional. Lo injusto es sufrir innecesariamente cuando ya todo se ha acabado. Y nadie está libre de ello porque ni siquiera es cierto, como decía Leonardo, que una vida bien usada cause una muerte dulce.

El derecho a morir en paz

Decidir sobre la existencia de uno mismo y su rendición final pertenecen al mismo derecho. Agradezco la gentileza parlamentaria por una ley útil que, además, parece ser no compromete a los profesionales de la medicina ni a su juramento hipocrático. Aquellos que lo deseen podrán ejercer el derecho a la objeción de conciencia.

Los que elijan poder decidir sobre su muerte tendrán la oportunidad de suscribir un testamento vital, por si la percepción no se hallase despejada en el momento decisivo. No hay que comprometer al prójimo en asuntos tan estrictamente privados. La duda que me cabe es si en el largo proceso burocrático que contempla la regulación de la medida, desde que se solicita la eutanasia hasta que se concede, el moribundo tendrá tiempo a desesperarse. Quevedo ya lo escribió: mejor vida es morir que vivir muerto.

 LUIS M. ALONSO

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