CUANDO PROMETIMOS CAMBIAR

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                 FRANCICO JAVIER LEÓN

fascismoEn 2008 nos cayó encima una losa de cemento llamada crisis económica. Hasta entonces, vivíamos por encima de nuestras posibilidades porque todos nos creíamos invencibles al idolatrar al dinero. De la noche a la mañana pasamos de amos del mundo, con las tarjetas bancarias, a tocar imperiosamente en las puertas de los servicios sociales de los ayuntamientos, para demandar alimentos de primera necesidad.

Aquella situación tan humillante, que ni siquiera estuvo a la altura de la que sufrieron nuestros padres y abuelos durante los años posteriores a la Guerra Civil, fue uno de los síntomas que nos obligó a replantearnos el modelo de vida y consumo que imperaba. Los desahucios, las deudas bancarias, los despidos y la explotación laboral fueron algunos factores negativos que dieron pie a la promesa colectiva de que había que cambiar todo para regenerar el sistema político, económico y social con el fin de desarrollar otro tipo de sociedad más cohesionada y menos dependiente del capital. Y aunque al principio se incrementaron ciertos modelos de consumo, que hasta entonces no se habían visto, como el de ropa de segunda mano, la reparación de calzado y compartir más el vehículo, volvimos a pensar que nuestra felicidad solo sería posible si recuperábamos el modelo de vida que teníamos antes de 2008, a pesar de estar viviendo dentro de una crisis económica de esa magnitud.Doce años después, nos hemos visto afectados por otra crisis, provocada por el COVID-19. La fase de confinamiento, que obligó a una paralización casi total de la economía para frenar el contagio por este virus y el incremento del número de muertes, sirvió para conjurarnos de que debíamos estar unidos, sin atender a banderas ni ideologías ni menos aún abrazar siglas de partidos políticos. Por encima de todo, lo más importante eran las personas y la salud colectiva; luego, ya buscaríamos la manera de reactivar la economía. La actitud de aplaudir en los balcones, las ventanas y las terrazas para agradecer la entrega y profesionalidad de los sanitarios públicos simbolizaba también una trinchera de esperanza, que supuestamente demostraba el esfuerzo y la conciencia colectiva ante lo que estaba pasando.

 

De nuevo, durante esos días eternos sin salir de casa e intercomunicados a todas horas a través de Internet, prometimos que cambiaríamos, valorando tantas cosas que antes considerábamos secundarias y que dejaríamos a un lado las diferencias para ser más colaborativos y menos individualistas. Simplemente, era otra falsedad, como las actitudes mostradas tras la crisis de 2008, una moda pasajera en la que se participaba de cara a la galería, a la espera de que las circunstancias fueran otras y todo volviese a su cauce.

Días después del comienzo de la desescalada, los aplausos desaparecieron porque no se consideraban necesarios, a pesar de que continuaba muriendo mucha gente. Todo daba igual porque lo fundamental era salir a la calle y recobrar la libertad a toda costa. La individualidad volvió a aflorar. Y en ese proceso, una parte de la sociedad ya se había autoorganizado en la sombra, a base de odio, rencor y autoritarismo, con el único fin de plantear la idea de que el Gobierno de coalición entre PSOE-Unidas Podemos había orquestado un plan para secuestrar los derechos y libertades individuales, haciéndonos creer que había un virus, cuando en realidad todo era mentira.

El 23 de junio el fascismo tomó las calles del país, bajo la bandera de VOX, saltándose todas las medidas sanitarias establecidas oficialmente en el proceso de desescalada. Su argumento era que la democracia había sido secuestrada por el comunismo, cuando en realidad quería decir que le daba igual los muertos por el COVID-19 con tal de llegar al poder. Mientras desde esa formación se llamaba una vez más a la unidad nacional, rompiendo el cordón sanitario y con la figura de Santiago Abascal convertido en Queipo del Llano, el resto miramos para otro lado y solo pensábamos en ir a la playa. Tantos ataúdes no han servido para nada porque lo único que no cambia es nuestro destino.

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