RÉQUIEM POR PALESTINA

Juan José Ojeda Quintana

gazaOscar Wilde escribe en La balada de la cárcel de Reading: «Los presos miraban ese dosel azul que los cautivos llaman cielo». Dichosos ellos, porque los habitantes de Gaza ya no pueden mirar ese cielo lleno de aviones sionistas que les llevan la destrucción y la muerte, arrojando bombas, indiscriminadamente, que han ocasionado ya más de 1.300 muertos. Niños, ancianos, seres humanos que solo pueden mirar la tierra, donde los cuerpos masacrados por el egoísmo y el odio esperan el paseíllo final envueltos en sábanas ensangrentadas, camino directo a las fosas comunes de los cementerios musulmanes, mientras las acequias se abren para dar paso a la sangre inocente, que para mayor dolor va a fertilizar los campos que les han usurpado. Boicoteemos esos frutos, que han crecido con los despojos de las víctimas.

 

gaza2La muerte ya no usa guadaña. No la necesita. Para eso están los tanques sionistas, mucho más modernos, conducidos por soldados que rezan a su Dios antes de llenar de sombras y horror el antaño cielo azul de Gaza. Es un despropósito, una cobardía, un abuso, una mentira, que entra ya en las felonías de la historia de la que hablaba Jorge Luis Borges, evocar esa absurda Ley del Talión (en este caso del Matón) para justificar sus cobardes asesinatos. Yo creía que la Ley del Talión era ojo por ojo y diente por diente, pero no, es muerte por ojo o por diente.

Aquella sentencia de Naciones Unidas que obligaba a los israelitas a retroceder a las fronteras anteriores a la guerra de 1967 no se cumple ni hay interés en hacerla cumplir. A los israelitas se les permite todo. Los palestinos viven en la pesada angustia de saberse rehenes crónicos de unos criminales que juegan con la equívoca palabra terrorismo, desplazada de acera, que hacen el paripé de ir a negociaciones sabiendo que ganar tiempo les es favorable, mientras declaran, sin rubor, que van a crear nuevas colonias. Los habitantes de Gaza prefieren morir antes de seguir en esta oprobiosa gran cárcel, donde la libertad no existe, pero sí la extrema pobreza y la desesperanza. Conocen en su propia carne el mito de Sísifo.

La ONU, la Unión Europea, no tienen la voluntad de parar tanto horror, tanta muerte. Les preocupa más imponer sanciones económicas a Rusia (¡oh, los sacrosantos mercados!) que los niños y ancianos de Gaza. Se convierten así en cómplices de la barbarie judía, embutidos en el servilismo constante que cultivan hacia el otro gran culpable: Estados Unidos. Yo levanto mi voz porque no quiero formar parte de esa legión de cómplices. Quiero expresar mi dolor, humildemente, pero con gallardía.

Invito al lector a ver en el Museo del Prado El triunfo de la muerte de Brueghel el Viejo (1562), una premonición de esta matanza de inocentes. Los servidores de la guerra avanzan tras un carro, atiborrado de cráneos, y una máquina vomitando fuego a diestro y siniestro. Los hombres son aniquilados sin piedad, por nuevos ejércitos de descarnados que prefiguran la ruina -moral y física- de la civilización. No me extraña que San Juan Evangelista, judío, pero cristiano, haya escrito el Apocalipsis. Él sabía. Él tenía poderes.

(Fuente: Periódico La Provincia)

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