PRIMAVERA QUE EXALTA LA ESPERA
Después de la lluvia, la vida: así renace la primavera en Valsequillo

En este largo invierno, donde llueve sobre mojado y la tierra —siempre sedienta— vuelve a latir con una fuerza contenida, uno se reconcilia con la vida y con la memoria de aquellas estaciones que sabían manifestarse en su justa expresión.
El tiempo ha concedido una tregua. Asoma un nuevo ciclo, como si quisiera reparar décadas de sequía en los primores de su estallido invernal.
Es cierto que aquellos barrancos de mi infancia aún no corren como entonces, de cumbre a mar. La corteza de la tierra sigue herida, agrietada por la espera, pero ahora bebe. Y lo hace con una sed antigua, profunda, casi olvidada.
El paisaje responde.
El color despierta y se extiende como un tapiz agradecido. El aire se llena de sonidos: trinos que anuncian, brotes que estallan, una vida que irrumpe sin pedir permiso. Todo se vuelve movimiento. Legiones de insectos pululan, invaden, conquistan tierra, mar y aire. La polinización se convierte en una danza minuciosa, acrobática, esencial. Un caos fértil que sostiene el mundo.
Valsequillo enciende la primavera como la Navidad enciende sus árboles, aunque aquí no hay artificio ni estrategia: solo instinto, solo verdad. El regalo es el paisaje; el envoltorio, la mirada de quien sabe detenerse.
Este circo montañoso que delimita el municipio, desplegado en todos los rincones de su geografía, enseña sin palabras. Mirarlo, trabajarlo, entenderlo… es un ejercicio de gratitud constante. Vivir aquí no es costumbre: es un privilegio que se refleja en el rostro de los paisanos.
Primavera que asomas convertida en bullicio, en aire revuelto, en ese polvo lejano que viaja desde otros continentes para nutrir la vida. Primavera de ciclos invisibles, de equilibrios que sostienen lo que no vemos.
Primavera de danzas reproductivas, de colores que parecen pintados a mano, de fríos tardíos que enrojecen los rostros. De lanas que abrigan a los pastores de cumbre, de gestos que son herencia, de verdades que nacen de la tierra.
Primavera que escoltas con mariposas el tacto de la belleza. Que llenas de sentido lo pequeño. Que devuelves, sin ruido, las credenciales de lo esencial.
Primavera de albores, que sacudes la raíz de todo lo hermoso. Milagro repetido, multiplicado, insistente.
Llegas como campanadas de color, despertando la juventud, convocando al romance, abriendo la puerta a una forma más intensa de estar vivo.
Primavera de amor.
De musas que regresan.
De ganas de quedarse.
De vivir —sin prisa— en este edén de tierra viva, donde cada estación no solo pasa… sino que deja huella.
Feli Santana
