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PRIMERO LOS ESPAÑOLES… HASTA QUE LLEGAN LOS ESPAÑOLES

Hay consignas que son una obra de ingeniería. Caben en cinco palabras, suenan patrióticas, emocionan y, de paso evitan que nadie pregunte qué viene después.

«Los españoles primero.»

Pues quién va a estar en contra. Sería raro votar para que los españoles fueran los últimos. El truco está en lo que no se dice.

Porque cuando uno rasca un poquito la pintura aparece el verdadero mueble: pensiones públicas más débiles, salarios con menos capacidad para negociar, derechos laborales convertidos en un estorbo para el mercado, una sanidad que poco a poco deja de ser un derecho para convertirse en un servicio con tarifa.

Una educación donde la cartera empieza a pesar más que el talento y unos derechos sociales que, según algunos, son un lujo que este país no puede permitirse.

Y uno se pregunta: ¿eso también es poner a los españoles primero?

Será que hay españoles de primera y españoles por y para piezas.

Lo admirable es la operación de maquillaje. Se convence al trabajador de que el problema es otro trabajador. Al pensionista de que el enemigo no es quien cuestiona su pensión, sino quien viene de fuera buscando una vida mejor. Al joven que no encuentra vivienda ni empleo digno se le ofrece una bandera, para que no pregunte por qué su sueldo no le alcanza ni para independizarse.

Y funciona.

Porque nada distrae más que señalar un culpable distinto del que toma las decisiones.

Después llegan las encuestas, los aplausos y los discursos pomposos sobre la patria. Mientras tanto, los derechos van saliendo por la puerta de atrás, uno detrás de otro, sin hacer ruido. Como quien se lleva los muebles de una casa mientras el dueño está entretenido mirando los fuegos artificiales.

Nosotros conocemos bien ese cuento. Aquí cuando alguien quiere venderte humo, siempre aparece algún viejo del pueblo que dice, con una media sonrisa: «Muchacho, fíjate menos en el envoltorio y más en lo que pesa el saco». Sabiduría popular. Más fiable que muchas tertulias.

Al final, el verdadero patriotismo no consiste en gritar «España» cada dos frases. Consiste en que quien trabaja pueda vivir de su trabajo, quien enferme tenga quien lo cure, quien envejezca cobre una pensión digna y quien nazca en una familia humilde tenga las mismas oportunidades que quien nació con la vida resuelta.

Todo lo demás es envolver los recortes en una bandera para que parezcan regalos.

Y eso, por mucho que algunos se empeñen, sigue siendo un truco barato de feria, tolete. Aquí, en nuestra tierra, y en cualquier rincón donde la gente todavía conserva la costumbre de pensar antes de comprar el discurso. Porque una cosa es vender esperanza… y otra muy distinta es vender humo, y encima pedir que se lo aplaudan.

MIGUEL MONZÓN

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