OPINIÓN

LA FARÁNDULA, CUANDO EL TESTIGO PASA DE MANO

Hay cosas que uno ve nacer casi sin darse cuenta y, cuando quiere acordarse, ya tienen veinte años, forman parte de la memoria de un pueblo y hasta parece que estuvieron ahí toda la vida.

Eso es lo que me pasa con la Farándula de Valsequillo.

Veinte años ya, muchacho. Veinte años de payasos, risas, calles llenas, plazas convertidas en escenarios y gente mirando a los artistas con esa cara de sorpresa y felicidad que consigue el buen teatro de calle.

Veinte años haciendo que Valsequillo, por unos días, sea un poquito más grande sin dejar de ser nuestro pueblo, pero esta edición número veinte ha tenido algo diferente. Porque la Farándula no solo ha cumplido veinte años, la Farándula ha cambiado de manos.

Luis Monzón, que durante dos décadas ha sido alma, motor y también un poquito el loco oficial de este invento, ha dado un paso al lado y ha entregado el testigo a su hija, Aitana. Y mira tú por dónde, después de tanto camino, resulta que el relevo viene de casa, a mí estas cosas me gustan.

No por aquello de “de tal palo, tal astilla”, que eso queda muy bonito en una frase de calendario, sino porque detrás hay algo bastante más sencillo y más profundo: una hija que ha crecido viendo, viviendo y respirando aquello que su padre ayudó a levantar.

Aitana no ha recibido una Farándula cualquiera. Ha recibido veinte años de historias, de nombres, de caras, de artistas que ya son casi de la familia, de abrazos, de noches largas y de muchas horas de trabajo de esas que nadie ve cuando uno está sentado disfrutando del espectáculo.

Y eso pesa, claro que pesa, pero seguro que también ayuda.

Porque Luis, hablando de esta edición, reconocía algo que me parece muy suyo. Durante años ha llevado colgado el San Benito de ser un desastre y todavía no entiende cómo la gente sigue su desastre. 

Él mismo se contesta diciendo que es porque siente que lo quieren y que la gente se deja llevar por su locura, y yo creo que por ahí va la cosa. Porque la gente no sigue solamente un programa, sigue una manera de hacer las cosas.

Una forma de entender la cultura con cercanía, desde la calle y desde la emoción, pero también con ese punto de locura que hace falta para meterse en semejante berenjenal durante veinte años.

Y detrás de esa locura hay también una familia.

Luis habla de Aroa con una ternura que se entiende enseguida. Dice que, si alguna vez ganó la lotería humana, fue cuando el destino se la puso en el camino y ella aceptó caminar con él en esta utopía.

Y mira que uno puede hablar de escenarios, de artistas, de programación y de todas esas cosas que hacen falta para sacar adelante un festival, pero al final también se sostiene así, con alguien al lado que está en los buenos momentos, en los malos, en las incertidumbres y en las locuras.

Porque la Farándula también se hace en casa, en las conversaciones, en los problemas de última hora, en las dudas, en los nervios y en ese vamos pa’lante y ya veremos, que tantas veces habrá sonado por allí.

Y ahora le toca a Aitana, Luis lo tiene claro y no le pide que sea una copia suya, más bien todo lo contrario.

Le dice que no tenga miedo a equivocarse. Que sea justa, honesta y solidaria. Que aprenda de sus errores, para que no tenga que cometer los mismos. Y hay otra cosa que dice que también me gusta, que hay que tener inteligencia, que no es lo mismo que ser listo.

Ahí hay bastante de cómo entiende él la vida.

Porque este oficio, dice salvo que seas un hijo de puta, no te va a hacer rico, pero tampoco hace falta ser rico, hace falta gestionar bien, cuidar las cosas y saber disfrutar.

Y después suelta otra de esas frases que parecen sencillas, pero que tienen su cosa, la felicidad no se tiene, se roza por momentos.

Y QUIZÁS ALGO DE ESO TIENE LA FARÁNDULA: QUE SON MOMENTOS.

Una plaza llena, una carcajada, un niño mirando a un artista con los ojos como platos, una conversación después de una función, un abrazo… cosas que pasan y que después se quedan por ahí dando vueltas en la memoria.

Y este año hubo uno de esos momentos que, para mí, explica mejor que muchas palabras lo que ha sido esta Farándula.

Un amigo de Luis, el payaso Romerito, vino al festival con su madre, doña Águeda, una señora de 80 años de Badajoz que nunca había estado en Canarias y que tenía el sueño de conocer las islas. Luis pudo haber dicho que aquello era complicado.

El albergue estaba como estaba, la organización tenía sus cosas y no era precisamente fácil buscar dónde acomodar a una señora durante doce días. Pero habló con Aroa y con sus hijas, y la señora se quedó.

Llegó con sus dolores, con sus achaques y con sus cosas de allá. Luis la recibió en el aeropuerto con un ramo de flores, y lo que empezó siendo doña Águeda terminó siendo Águeda, bueno, mejor dicho, la abuela.

Porque estas cosas en Valsequillo pasan así, uno viene de visita y como se descuide, acaba teniendo familia.

Se enamoró de Aroa, de Aitana y de Candela, que para ella terminaron siendo como sus nietas. Se sintió querida por la gente del pueblo, invitada, acompañada, arropada.

Y un día le dijo a Luis que ya no le dolía nada, que la Farándula había sido su medicina. Y uno escucha una cosa así y entiende que todo esto va mucho más allá de los payasos, de los escenarios y de los programas.

Águeda se marchó este domingo para Badajoz. Luis y los suyos la llevaron al aeropuerto entre lágrimas, de esas que salen sin pedir permiso cuando uno está contento y triste a la vez.

Y Luis se quedó con una familia más en Badajoz, en Extremadura. Y ellos, seguramente, también se llevaron una familia de Valsequillo.

ESO TAMBIÉN ES LA FARÁNDULA.

Y quizás por eso este año ha habido tantas lágrimas. De alegría, de incertidumbre, de ilusión, de esos nervios que aparecen cuando uno sabe que algo está cambiando. Luis mira ahora a Aitana y también a Candela.

Aitana ya está ahí, metida de lleno y con ganas de seguir. Candela, con quince años, todavía está en otra etapa, aunque también se implica. Y Luis cuenta que con ellas no quiere repetir aquello de a mí me exigían y yo también voy a exigir, porque bastante tiene la vida ya como para aburrir a las criaturas antes de tiempo.

Eso también dice mucho de cómo entiende el relevo, no se trata de imponer, se trata de acompañar y de dejar que cada una encuentre su camino.

Esta veinte edición ha traído cosas nuevas. Cine, poesía escénica, arte urbano, el certamen Tres minutos de Farándula y otras propuestas que han ido haciendo más grande aquella idea que nació hace veinte años. 

Aitana ha empezado a ponerle su propia mirada. Y mientras tanto, Luis ha seguido ahí.

Porque uno puede dejar una dirección, pero hay cosas que no se dejan tan fácilmente, veinte años no se meten en una caja.

Se quedan en las calles, en las plazas, en los artistas que han pasado por aquí, en la gente que ha colaborado, en quienes aprendieron mirando y en quienes todavía hoy, cuando escuchan la palabra Farándula, saben perfectamente de qué estamos hablando.

Este año incluso hemos podido ver a Luis sobre el escenario con Chincheta: 20 años de Farándula, y coño, me pareció bonito. Que después de veinte años no se escondiera detrás del telón, sino que volviera a salir al escenario para contar, a su manera lo que han sido estos años.

Porque al final no hemos visto cómo termina una historia, sino cómo una historia sigue. Un padre entrega el testigo, una hija lo recibe, una familia sigue empujando y un pueblo mira. Y la Farándula, después de veinte años, sigue haciendo lo que mejor sabe hacer, JUNTARNOS.

Y VALSEQUILLO TIENE ESTAS COSAS.

Aquí somos capaces de discutir de cualquier cosa, de tener tres opiniones antes de que termine de hablar el primero y de arreglar el mundo tomando un café o echándonos un pisco.

Pero cuando llega la Farándula parece que nos entendemos de otra manera. Igual porque durante unos días dejamos de mirar lo que nos separa y nos ponemos alrededor de algo que nos hace bien.

Una risa, un payaso, una historia, un niño sorprendido, una abuela que llega con dolores y se marcha diciendo que ya no le duele nada. Y una familia que, sin darse mucha cuenta, termina haciendo otra familia.

Ahora que esta edición del veinte ya terminó, toca mirar un poquito hacia atrás y acordarse de Luis, de Aroa, de Aitana, de Candela, de toda la gente que ha empujado este carro durante estos veinte años y de tantos artistas que han dejado aquí un cachito de ellos.

Y después toca mirar hacia delante, porque el testigo ya ha pasado de mano.

AITANA, AHORA TE TOCA A TI.

No tengas miedo a equivocarte. Hazlo a tu manera. Sé justa, honesta y solidaria. Aprende lo que tengas que aprender, disfruta lo que puedas disfrutar y no pierdas nunca esa inteligencia que no tiene que ver con ser lista, sino con saber vivir.

Detrás tienes veinte años de historia, y delante, todo lo que queda por inventar y caminar, a tirar pa’lante, chiquilla.

QUE TODAVÍA QUEDA MUCHA FARÁNDULA POR RECORRER.

Y QUE NO NOS FALTE NUNCA LA LOCURA, NI LA FAMILIA, NI ESOS MOMENTOS EN LOS QUE UNO, AUNQUE SEA POR UN RATITO, CONSIGUE ROZAR LA FELICIDAD.

MIGUEL MONZÓN

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