DE CUANDO LA JUSTICIA SE ENCIEGA CON ALGUIEN

Juicio y condena a la mujer de Sancho Panza por ser esposa del gobernador de Barataria
En la ínsula Barataria los relojes marcaban distintos tiempos según quién los mirase y las leyes eran maleables como el barro en el torno del alfarero. La Justicia no solo era ciega: era también miope, bizca y, en ocasiones, francamente estrábica por conveniencia.
Sancho, como futuro gobernador, fue convidado a presenciar un juicio. La escena se abría en la Plaza Mayor del Procedimiento, donde un tribunal de togados, rígidos como estatuas decapitadas de Segóbriga con alma de corcho seco, presidía el espectáculo cotidiano. Con el juez Crinado a la cabeza, presidía el acto y se disponía a juzgar a una dama cuya identidad Sancho aún desconocía.
A la derecha del escenario, bajo una luz excesiva, aparecía retenida la dama en cuestión con la cabeza cubierta por una capucha de saco la mantenían allí, con las manos atadas a la espalda.
—¿Tiene que estar atada y con la cabeza tapada? —Preguntó Sancho.
—La Justicia debe ser ciega y el juez Crinado, no se despeina a la hora de hacer lo que pueda hacer para que quien no lo merece sea lo que no debe —. Contestó uno de los jueces haciendo una reverencia al juez Crinado, que continuamente se pasaba un peine por sus escasos cabellos, que más bien parecían pelos de rata nadadora, de esas que llegaron a Tenerife desde los Andes.
El secretario judicial, con voz de notario, proclamó:
—¡Don Sancho, haga justicia! Esta mujer es culpable y Vuestra Merced debe condenarla a cien azotes y al destierro de por vida de nuestra ínsula, o que no pueda salir de su celda ni mostrar su rostro a persona humana alguna.
Sancho meneó la cabeza de un lado a otro.
—Si la sentencia está dictada, ¿para qué debo yo dictar veredicto?
—Porque los señores magistrados han decidido que sea un jurado popular quien condene a esta delincuente.
—¿De qué se le acusa?—preguntó Sancho, sin saber cómo salir del embrollo. Aún no había tomado posesión del cargo de gobernador y ya querían ponerle en un aprieto juzgando a una mujer que no conocía, habiendo jueces para juzgarla.
—Es culpable. Seguro que habrá hecho algo malo —. Habló por primera vez el juez Crinado, alisar sus pelusas sobre la calva.
—Mujer, habla, ¿qué delitos has cometido? —Preguntó Sancho.
La mujer intentó hablar, pero debajo de la capucha, estaba amordazada. Al tener las manos atadas a la espalda, aunque hizo el intento y logró desprenderse de las ataduras. Antes de que lograra quitarse la mordaza, dos ujieres avanzaron con solemnidad infausta, como si fueran a requisar un arma de destrucción masiva.
Le sujetaron las manos con violencia.
—¿Acaso ha intentado huir para que la traten así? —preguntó Sancho, con un hilo de ironía en la voz.
—No —respondió el juez Crinado, ajustándose la toga, que crujía como cuero viejo—. Pero podría usted condenarla antes de que lo haga. Demuestre que es un juez ecuánime que merece gobernar. No debe temblarle la mano.
—¿Y eso es suficiente? ¿Ha cometido algún delito, aunque sea tan ridículo como uno nefando?
—En la ínsula Barataria—replicó el magistrado Crinado, acariciándose aquellas cuatro pelusas que defendía con más empeño que un hidalgo su honra —, el «podría» pesa más que el «hizo», y la intención más que el delito. Esta mujer sin duda alguna cometerá delitos en el futuro. Su esposo tomará posesión de un cargo que no merece, y ella por el simple hecho de ser su mujer, seguro que se servirá del cargo para realizar tráfico de influencias y beneficiarse del hecho.
—Disculpe Vuecencia, creo que se dice así—dudó Sancho dirigiéndose al juez. ¿Los anteriores caballeros que han ocupado ese cargo han cometido delitos, y sus esposas?
—Todos, desde el gran Felipón, al insigne Asnal o el desconocido M.Rajahoy. Y sus mujeres también, por esa razón esa mujer debe ser condenada antes de que haga lo mismo —replicó el juez Crinado.
—¿Y las otras damas han sido condenadas? —Preguntó Sancho.
—No, eran damas —contestó el magistrado. Proceda a ejecutar la sentencia.
—Mi sentencia es decir que esa mujer sea escuchada y que si las demás damas no fueron juzgadas o condenadas, esta igualmente quede en libertad.
—Eso no puede ser —contestó el juez Crinado, azuzándose una vez más sus cabellos, cada vez más escasos, porque cada vez que pasaba el peine, varios se quedaban enganchados a las púas del peine.
—Esa sentencia va contra derecho y queda denegada —dijo el juez Crinado —. Solo concedo que se le retire la capucha para que quien no merece ser gobernador sepa lo que le espera a él por ocupar un puesto que no le pertenece.
Los ujieres retiraron la capucha y ante los ojos de Sancho apareció Teresa Cascajo, más conocida como Teresa Panza.
—¡Es mi mujer. Es inocente! —exclamó Sancho.
—Es culpable, y el gobernador que fue de esta ínsula Barataria, don Pepe Marí Asnal, ordenó que quien pueda hacer, que haga. Y es nuestro deber obedecer… ¡Ay de aquel que ose desobedecer! No puedo impedir que un palurdo llegue a gobernador, pero sí castigar a sus familiares por serlo y procurar que, al final, se imponga la ley natural de las cosas. Porque solo la nobleza nació para ocupar ese cargo. Así que vuestra merced, aténgase a las consecuencias, porque también va pa’lante…
El público murmuró, dividido entre los que veían allí un exceso y los que celebraban la prevención como si fuera una vacuna moral.
Sin que Sancho pudiera hacer nada, se llevaron presa a su mujer Teresa Cascajo, mientras los jueces abrían una botella de un extraño vino espumoso que parecía sangre de drago canario.
Mientras, un hombre más feo que la voluntad del Señor, con bigotillo, se acercó al juez Crinado y lo felicitó:
—Muy bien, Señoría, usted sabe bien aplicar «el que pueda hacer que haga». El próximo paso, meter a ese palurdo en prisión y condenarlos con jurado popular, para que apliquen sentencia ejemplarizante.
—¿Y qué hay de lo de mi hija? —preguntó el magistrado.
—De edil, pasará a ministra del futuro gobierno de Barataria…
—¿Y yo, yo? —preguntó un hombre con acento gallego —¡Eh, Pepe Marí!
Pepe Mari Asnal, lo miró irónico y dijo sarcástico:
—Tú no eres astronauta porque no quieres. Te marcharás a Galicia Con Marcial al Dorado. ¿Cómo vas a ser gobernador de Barataria, si ya tenemos reina de la charca?
El próximo día, trataremos el caso judicial de un presunto «ciudadano particular».
PACO ARENAS
