CARNET DE ESPAÑOLIDAD

LUISA DEL ROSARIOBuena parte de la historia de la antropología es ciertamente vergonzosa. Demuestra con qué ojos iba el ser humano blanco occidental al «análisis» de las sociedades «primitivas». Con qué superioridad «civilizatoria» estudiaba al «otro», un extraño de costumbres raras, cuando no directamente salvajes.

Pero hubo un día en que la teoría social y cultural cambió radicalmente de la mano de investigadores y antropólogas libres de racismos, xenofobias y etnocentrismos. En el siglo XXI ya no hay que pasarse tres meses viajando para llegar a un pueblo recóndito a conocer otras formas de vida, porque están entre nosotros. La España uniforme y homogénea, el sueño de cualquier régimen dictatorial que se precie, es hoy imposible. Pero es común entre nuestros políticos profesionales apelar a una ciudadanía así, homogénea y plana. Hablan de la familia «tradicional», del español «con dos cojones» y la española de ocupación «sus labores». Hablan de la «indivisible unidad de España» como si el flamenco lo petara en Galicia y el aurresku fuera el último grito en Canarias. Para ellos no hay gays, lesbianas, ni personas trans. No hay divorciados ni separadas, ni feministas ni perroflautas. No hay gitanos, ni negras, ni chinos. La pluralidad chirría y les duele. Por eso ellos reparten el carnet de españolidad y si no les gustas, fuera. Para eso quieren mandar.

 

Esa ensoñación, a la vez nostálgica e imposible, de ver a España como si fuera un patio de colegio lleno de chiquillos uniformados e indistinguibles entre sí, es la predilecta de una insignificante minoría, pero fue la zanahoria que utilizaron PP y Ciudadanos para aumentar su base electoral. Un anzuelo en que, por lo demás, picaron el resto de los partidos. Así, el «problema catalán» debería tener una solución política, porque en democracia los problemas se resuelven a base de diálogo y compromiso. Sin embargo, se privilegió el «a por ellos» y el artículo 155 sobre los argumentos, y las banderas sobre el entendimiento.

De ese revanchismo parece evidente que solo pueden salir dos cosas: el hastío y desafección de buena parte de la ciudadanía que manifiesta su rechazo absteniéndose; y, por otro lado, que las más exaltadas voces impongan sus «hechos alternativos» sobre la verdad porque los medios, únicamente preocupados por atraer a la audiencia y a la consiguiente publicidad, les han proporcionado los altavoces que han querido y cuando han querido.

LUISA DEL ROSARIO

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