LA HISTORIA QUE ERES: CRÓNICA DE UNA TRAVESÍA

Hay presentaciones de libros que se escuchan; otras, en cambio, se atraviesan.
Esta no convoca al lector: lo embarca.
Demelza González Ojeda no habla desde un atril, sino desde un muelle. Apenas media palabra y ya ha dispuesto la escena: una barca humilde, remos de madera, velas cansadas que cuelgan como jirones de intención, redes antiguas, boyas, utensilios de pesca. Lo justo para sostenerse. Lo imprescindible para no volver atrás. Un pequeño manual, casi una ironía, donde solo se lee: pasado, presente y futuro.
Nada más.
Y entonces, sin ceremonia, empuja.
El público —o lo que queda de él— deja de ser audiencia para convertirse en tripulación involuntaria. La costa se aleja con una docilidad inquietante. El suelo firme se disuelve en memoria. Lo que llamábamos vida se repliega en imágenes: algunas dulces, otras ásperas, todas ya inalcanzables.
Queda el agua. Queda el viento. Queda la intemperie.
Y empiezan las preguntas.
No llegan como ideas, sino como insistencias. Se adhieren, rozan, incomodan. Hay algo casi escolar en ese asedio: deberes sin enunciado claro, páginas en blanco que reclaman ser habitadas. El presente se vuelve entonces una tensión: permanecer en la barca o desertar de uno mismo. Seguir escribiendo o dejarse llevar por la deriva.
Porque conocerse —sugiere la autora sin decirlo— no es un hallazgo, sino una disciplina incómoda.
En algún momento, como ocurre siempre en alta mar, aparece la ilusión de tierra: una isla perfecta, o tal vez un puerto ruidoso, saturado de mercancías y promesas. Un lugar donde todo parece posible si uno adopta la postura adecuada. Y es ahí donde la travesía se afila: no se trata de llegar, sino de quién llega.
¿El que huye?
¿El que busca fortuna?
¿O el que regresa con algo que ofrecer?
Demelza no responde. Ha cruzado antes ese océano y lo sabe: no hay puerto que redima sin tránsito. Su relato, atravesado por la estela de Ernest Hemingway, arrastra la épica silenciosa de quien vuelve con las manos marcadas y el botín reducido a hueso. No hay triunfo exhibible, solo la estructura desnuda de la experiencia: el espinazo de lo vivido.
Y, sin embargo, basta.
Porque en esa desnudez hay una forma de verdad.
La presentación concluye, pero nadie desciende del todo. Algo ha quedado suspendido, como una orden sin voz. Se comprende —quizá con cierta incomodidad— que la historia no era el libro, ni siquiera la autora.
Era uno mismo.
Y entonces, ya sin metáfora que amortigüe, se impone la certeza:
la historia que eres es el viaje hacia ti.
Y no admite demora.
Feli Santana

