EL PERINQUÉ: LA MIRADA PRESENTE

Agustín del Pino Calderín se quemó las pupilas viajando entre letras.
Eran tantos los libros y las historias que ya no necesitaba alas para volar, simplemente abría un libro y se transportaba a otro mundo. Y así, mirando desde la ventana de su curiosidad, fue como vio ese taburete vacío al fondo de la sala.
Encima del asiento, velas y libros, que le guiaron para volver. En la esquina del taburete una guitarra. Y más allá, un tronco de árbol dormido, la madera, el recuerdo, la naturaleza muerta.
En espera un tambor, y trepando una enredadera.
Y una cascada de nacientes! Nacientes del que brotan noticias, opiniones libres, y la tinta del bolígrafo de Agustín que también escribió:
_»El tránsito de la vida es un paso leve en la duración del universo…»
Agustín del Pino Calderín vio la silla vacía y entendió.
Era un hombre instruido con ansias de saber, de natural. Y descubrió que la luz viaja a una velocidad finita, y como las distancias cósmicas son inmensas, la luz de las estrellas lejanas tardan años, siglos o milenios en desaparecer. Y él, era la estrella.
Y escuchó.
Escuchó poemas, dedicatorias, anécdotas…
Escuchó a alguien que hablaba de una receta de pollos perdida, otro de las noches de farra, la política, el debate, la conversación.
Alguien mencionó aquella vez donde un machango cobró vida, y escuchó al amigo...
Lelo del Pino, el artista, con su innata impronta desde un humilde corazón, concibió un cuento una noche de lágrimas y sorpresa por su partida.
Escuchó cómo un tronco que esperaba sólo una oportunidad, finalmente, se transformó en ese taburete que presidía la sala en su ausencia.
Escuchó la invitación a conocerle con nombres de Juventud: Tayri y Tanausú.
Y escuchó Almogaren.
Se unió a todos esos amigos, vecinos, familia y orígenes, que desde tiempos de ancestros se reúnen, sin ser vistos, en el corazón de un culto aborigen situado en el pico de la «sagrada montaña» en los altos de El Helechal.
Y escuchó la historia de un pueblo con cada uno de sus pasos, las voces rotas, el lamento del timple, la intensidad de un bajo, el tun…tun de un cajón.
Y no hubo corazón que no latiera.
Lágrima que se contuviera.
Y Agustín del Pino Calderín, desde la punta de su estrella, también lloró.
REYES BOLAÑOS

