LA TIENDA DE NIEVITA ORTEGA
El último eslabón de lo cotidiano, historia viva de un comercio tradicional en el corazón de Valsequillo.

Nievita Ortega es el último eslabón de una larga cadena de tiendas de Valsequillo. Lugares donde se intercambiaba la mercancía diaria y, sin saberlo, también la vida. Eran puntos de información del noticiero local, canales de encuentro y tertulia, resquicios finales de charla y pulso: casorios, muertes, iglesia y nacimientos. Allí se medía el tiempo y no faltaba la actividad festiva. Sus más de cincuenta años al frente del negocio marcaron, sin estridencias, el ritmo de las medianías.
La más pequeña de la gran familia Ortega aprendió pronto a pelear con la vida y sus decadencias. De jovencita trabajó en las haciendas de Los Mocanes, cuando la actividad rural aún desbordaba los días y ya se intuía la necesidad de evolucionar. Su familia —los Redondos— tenía un amplio bagaje mercantil, con puestos en los viejos mercados de la capital. De esa premisa, y tras el infortunio de perder a su pareja en un accidente de pozo, nació la idea que cambiaría su destino.
Junto a su hermana María, hoy desaparecida, montó una pequeña tienda de aceite y vinagre. A comienzos de los años setenta lanzaron su aventura a la convivencia y al servicio del barrio de Las Vegas. Sin saberlo, estaban levantando un refugio cotidiano que atravesaría el tiempo.
Hoy, con la mirada larga que dan los años, Nievita observa y analiza los cambios sociales y la velocidad con la que todo se ha transformado. Las ventas han caído y se limitan a las cuatro necesidades básicas. Aun así, su visita semanal a Mercalaspalmas, de madrugada, sigue siendo un ejercicio de obstinación y resistencia, una manera de alejar la senectud y los recuerdos inevitables que siempre reconducen la conversación al pasado, como espejo de otros tiempos.
Recuerda cuando las familias subían a las siegas del grano por los caminos de la cumbre, entre retamas y andenes del Paso de la Mula. Los cortes de siega se amarraban en grandes brazadas y se llevaban a los puntos de recogida de los arrieros, con sus bestias de carga, por barranquillos y riscos. Tenía apenas catorce años cuando un encargado la obligó a cargar un jase enorme de lentejas verdes. Ella se negó. Él insistía: ganaba ocho pesetas, igual que los adultos, y tenía que llevarlo.
Ante la presión, el encargado —que andaba enamorándola— se agachó para ayudarla. Caminaron unos metros. Al llegar al andén del risco, Nievita lo zumbó al abismo, risco abajo.
—Le dije que no podía —sentenció—. Si lo quiere, vaya a buscarlo al barranco.
Nunca más volvió a obligarla a cargar. Y aquel romance, como tantas cosas, se fue al garete.
Punto de referencia del barrio, la tienda de aceite y vinagre ha atravesado el tiempo manteniendo intacta su condición de lugar atemporal. “Para que un negocio funcione solo hace falta constancia y no dar fiado”, matiza con una sonrisa, despachando con elegancia y donaire. Y cuando le dices lo guapa que está hoy, te responde, sin perder el gesto cómplice, que este domingo tiene pedida de mano en la iglesia.
Así es Nievita Ortega: legado vivo de aquel Valsequillo antiguo, de vivencias contadas desde la piel, donde la tienda no solo vendía aceite y vinagre, sino que sostenía el pulso de la vida.
Feli Santana
