EL GARAJE DEL TIEMPO

Feli Santana
Feli Santana cargado de anécdotas y costumbrismo

No puedo creer lo que ven mis ojos, lo que siente mi alma… emocionado por la visión. Miraba a través de una gran rendija de la envejecida puerta de la cochera. El viejo garaje que evocaba mis recuerdos. Allí en las carcomidas paredes de cal y sillares, entre las columnas que mantienen el esqueleto herido de un techo que se cae a migajas, donde yo recuerdo ver mis primeros coches y motos. Donde empiezo a tener consciencia de su existencia, entre el humo y el ronroneo. Allí estaba pintado a fuego.

Hace cincuenta años aquello ya era viejo, lo veía como la senectud en vísperas de su desaparición, por ello la inspiración del recuerdo cautivó mi emoción. Las matrículas de los carros que habitaron: GC-21435, GC-4567 A, GC 32169, GC-12879, GC -7561, BI- 147041. Números pintados a mano con moldes de pulso diferente, según la caligrafía del dueño. Y así hasta donde alcanzaba la vista.

Allí aparcaban la Montesa Impala y la BSA, en todo este escenario estático del tiempo. El polvo suspendido de polillas de algodón tiznado, el olor aceite viejo en cacharros que aún esperan ser usados en un estante de artesano de cajas de madera donde se empaquetaban tomates. ¡Están vivos!, pensé. Es su genoma, su cuna, su estancia. ¡Dios! Parecía un garaje de guerra. Los coches y las motos probablemente se los llevaron al cementerio o, con algo de suerte, algunos se habrán salvado del exterminio y lucirán palmito y elegancia en algún museo particular. Pero increíblemente el tiempo está ahí, dentro, estático, parado, absorto. No se ha podido arrancar de la cochera.

Mientras observaba los cascarones del techo y una puerta podrida, que aún guarda esencia, la dulce píta del Ford Transit de mi tío Ángel, sonó como todos los días. De nuevo en trance de nostalgia, ahora otra secuencia imborrable. Él paraba delante de la portada de la casa de abuela y todos los primos salimos corriendo, para “engilgarnos” atrás en el pequeño volteo de madera de aquella hermosa camioneta de juguete. 

Un garaje con mucha historia

Venía de cortar alfalfa, que se vendía en pequeños haces en las tiendas para las cabras de gente rica del pueblo. Esas que solo comían exquisiteces y daban leche en el patio de las casonas. Angelito, no arrancaba hasta que estuviéramos todos bien seguros en el volquete. Entonces avanzaba por el empedrado 30 metros, paraba en la entrada del garaje, abría las puertas con parsimonia y nos daba un paseo hasta el fondo de la nave donde tenía su aparcamiento. Era como entrar en otro estadio del tiempo y saborear todos aquellos carros dormidos, y nosotros tomando nota mental de las marcas e imaginando su belleza a través de las líneas y las supuestas motorizaciones. “Vamos niños que es tarde y tengo que pegar a las tres”. 

Ahora estoy fuera de nuevo. Mirando a la ventana de la casona de la abuela y allí está, su cara de felicidad en un recuadro del cristal, sonriendo feliz de sentirnos cerca. Entonces aplicaba todo el amor de una madre, diciendo su frase más entrañable y profunda. Era su titular de bienvenída «Mi niño lindo, suban a comer…Tesoros”.

Hay cosas que el tiempo no puede borrar aunque los objetos y las personas desaparezcan. Es la memoria escrita del recuerdo entrañable, de su vida. El Garaje del tiempo existe. Está en la calle Altozano, en el barrio artesano de San Francisco, en Telde. Mi tío Angelito vive, tiene avanzada edad, en la vieja casona de la abuela. Ella vivió casi 100 años. Y es que en este barrio antiguo de Telde, el tiempo es un invitado que sobrevive inexplicablemente, anclado en cualquier esquina, en cualquier pasaje.

FELI SANTANA

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