MI ABUELA, PINO LA COCA

Aquella mujer de carácter fuerte y aguerrido se llamaba Antonia Afonso Robaina en el documento. Su nombrete: «Pino la Coca».
Nació en un pequeño asentamiento rural conocido como San Roque a principios de 1900.
Un barrio que no se consideraba parte de Valsequillo, entre otras, porque no había carreteras o caminos que los uniera. Era más útil ir a la costa.
La familia «Robaina» de San Roque es un tronco con hasta cuatro ramas distintas, según alguien me dijo. Ellos se bastaban y sobraban en ese «cacho» de tierra rica. Tenían agua: la fuente de agua agria del barranquillo. Tenían fruta: frutales y palmeras. Tenían vegetales: berros y ñames nacidos libres del barranco. Tenían ganado.
Cubierto el caldero les gustaba bailar.
Y de los bailes salían matrimonios.
Y juntanan apellidos, tierras y patrimonios.
Así, en esa mezcla y remezcla, todos resultarían de la misma familia.
La familia Robaina y sus cuatro ramas.
La palabra era Ley en esa época.
Las cosas de importancia se respetaban.
Y la convivencia era un derecho de costumbres, lo mismo se arreglaba un conflicto entre cuchillos como que se arreglaba con trato. Todo dependía de la oportuna «bajada del labio» y el valor de la Tierra.
Y si bien se hablaba mucho, era «mucho» hablar por hablar. Un decir boberías.
Entre esas nimiedades bobas estuvo rebautizar a mi abuela Pino como «Pino la Coca». Un nombrete que le marcó la vida. Y entre más dolor sentía Pino por aquello que motivó el sobrenombre más la gente la burlaba y se reía.
Pino se quedó calva como una bola de billar cuando cogió el tifus con 16 años. Edad crítica donde una moza de la época tenía un valor alto de mercado.
Era el momento del cortejo.
Y Pino pilló el tifus.
Y al tiempo que en el resto del mundo (entre 1914 y 1917) se libraban grandes guerras y revoluciones que también traerían mejoras de mentalidad a San Roque, Pino tenía que enfrentarse a que su pueblo, su gente, sus vecinos y su familia, lejos de valorar su arraigo a la vida, le echaron en cara esa calva.
—«¿Ahora cómo te vas a casar Pino?»—
Y todos la desahuciaron.
Y como Pino se rebeló el vulgo la castigó.
Al punto murió Antonia para nacer «Pino la Coca».
Y Pino que tenía un carácter de los mil demonios le hizo frente a su entorno cabrón.
Se recuperó, se casó, no pudo tener hijos pero ni por un pico se dio por vencida.
-Ni un paso atrás! Se dijo Pino la Coca.
Conoció a un bebé de la casa cuna.
Lo miró, le sonrió y se lo llevó.
Así de fácil era adoptar en la época.
Pino lo críó como a su hijo.
Y también el pueblo se lo criticó.
«La tierra es para la sangre», le dijeron.
Y viendo el peligro le dió una adopción legal.
Algo raro y prohibitivo en ese tiempo.
Y ese niño, igual que el último de los cuatro fantásticos llegó con súper poderes y un inmenso corazón. Era un niño especial que cambió el «malaje» Robaina. Un alma limpia y noble.
El niño Inocente José.
Pero nadie llega sin historia.
A sus nueve meses traía su propia mochila.
Una marca en el talón con una perra chica porque sus padres fantásticos, que se vieron obligados como Superman a renunciar a él, tuvieron la esperanza de un reencuentro que nunca ocurrió.
La marca se difuminó.
Y fue el hijo único de Pino la Coca.
Del cielo cayeron limones y Pino hizo limonada.
No enseña la sangre.
Enseña el ejemplo.
Mi abuela fue protagonista de su historia.
Ella decidió elevarse por sobre mentes planas y sin saberlo, vivió como un águila.
En honor a mi abuela, Pino la Coca.
REYES BOLAÑOS




