PABLO “EL TIZNAO” (1)
Pasó a la historia sin que nadie. Ni el mismo, lo supiera

Este relato no tiene tiempo ni lugar, pudo haber ocurrido, puede estar ocurriendo, e incluso puede que ocurra alguna vez en cualquier sitio donde un hombre pueda vivir…
Y fue que en aquellas veredas que surcan las montañas como arañadas entre la maleza, que encontró un desvío Pablo el Tiznao, apodo de familia procedente de la labor de su abuelo en los hornos de la pez de la parte alta de la isla. Decidió tomarlo e investigar; con sus 10 años, la curiosidad en ocasiones supera todas las barreras que el miedo impone.
Por aquella zona no pasaba nadie nunca, era un camino por el que podían aparecerse las ánimas de los difuntos; los más viejos del lugar evitaban tan siquiera hablar de ello. Se contaba de apariciones del Innombrable, de susurros entre los pinos; cuando la niebla se apoderaba de las laderas de aquellos montes, atravesar los senderos vestidos de retama producía ensoñaciones. Cuando estas atrapaban a algún infeliz, no se volvía a saber de él… Desde finales de octubre, los vientos del norte agolpaban las nubes en sus laderas, que lentamente eran ordeñadas por la vegetación.
La tarde estaba ya avanzada, pero a Pablo el Tiznao le habían dicho que por aquellas inmediaciones se encontraban unas piedras que, al golpearlas, sonaban como una campana, y que al escuchar el sonido que producían se sentía cómo la tierra temblaba bajo los pies del que las tocara. Pensó que le daría tiempo antes de que cayera la noche; además, ya tenía a los animales atendidos y en casa no lo echarían de menos en unas horas. Y, aunque sabía las advertencias del peligro de encontrarse con el Innombrable —que solía tomar forma de perro en algunas ocasiones y, las menos, en forma de anciana de negro velo—, tomó decidido el camino por donde le había dicho su amigo Miguel el Canelo, que a su vez se lo había oído a su abuela en conversaciones con Don Vicente, pastor de aquel pago.
Don Vicente era un hombre de una fe sin comparación, llevada hasta un punto que lo había hecho adicto a la Sangre de Cristo, y ya la tomaba, además de en las misas, en cualquier cafetín, tienda de aceite y vinagre o en cualquier lugar donde esta manara, dando igual la hora del día y dando igual el día de la semana. Don Vicente siempre advertía a Josefita (abuela de Miguel el Canelo), al igual que a todo su rebaño, de los peligros de las sendas del Maligno y de la precaución de andar por las laderas que estaban por encima del risco de la Media Libra de Pan, ya que Lucifer habitaba por aquellos lares desde los tiempos en que los paganos oriundos guanches habían condenado las citadas laderas, haciéndolas parte del reinado del oscuro al negarse a besar la cruz y tomar el cuerpo de Cristo. Los ojos del Canelo no cabían en su enjuto rostro cuando oía a Josefita repetir las palabras de Don Vicente; su imaginación comenzaba a llenarlo de imágenes de perros con ojos de fuego y, aunque lo aterraban, no podía frenar la curiosidad de seguir preguntando. Toda esta información la vomitaba multiplicada a su amigo el Tiznao, y mientras la contaba volvía a sentir los vellos de su cuerpo erizándose. El Tiznao no le hacía mucho caso, diciéndole que eso eran habladurías de viejo…
Continuará…
Hermann Hellsbusch
