MANUEL FERRERAS, EL VIEJO QUE DERROTABA AL TIEMPO CANTANDO

Hay hombres que no necesitan monumentos para alcanzar la eternidad. Les basta una voz, una guitarra y el recuerdo agradecido de quienes tuvieron la fortuna de escucharlos
La memoria de Marcos Hormiga
Fuerteventura tiene en Marcos Hormiga (Puerto del Rosario, 1957) a uno de sus más sensibles custodios de la memoria popular. Poeta, filólogo, escritor y estudioso de la tradición oral, lleva buena parte de su vida rescatando los sentimientos, las palabras y los personajes que construyeron la identidad majorera.
Autor de numerosos poemarios, traducciones y narraciones, obras como Memorias del tiempo verde y Romanceando testimonian su vocación de convertir la sabiduría popular en patrimonio literario. Marcos pertenece a esa estirpe de hombres que saben escuchar a los mayores, interpretar sus silencios y devolverles, mediante la palabra, un lugar en la memoria colectiva.
Y es precisamente su voz la que hoy nos acerca a Manuel Ferreras, uno de aquellos cantadores majoreros de bandera cuyo talento no cabía en los escenarios, porque su verdadero escenario era la vida misma.
Cuando la parranda era una escuela
Corrían los últimos años de la década de los setenta, según recuerda Marcos Hormiga. Fuerteventura conservaba todavía esa manera tan suya de celebrar la vida, cuando cualquier encuentro podía convertirse en una parranda interminable y los ventorrillos eran pequeñas universidades de sabiduría popular.
Aquel día, bajo una solajera de las que curten el alma y resecan la garganta, un grupo de amigos se había reunido junto a uno de esos humildes ventorrillos de las fiestas populares. Apenas un bidón, unas tablas improvisadas y unas chapas bastaban para levantar el templo de la convivencia. Lo demás lo ponían las guitarras, las voces, las copas y esa alegría sin reloj que distinguía las celebraciones de nuestros pueblos.
Entre los presentes se encontraba Manuel Ferreras.
Para Marcos era la primera vez que coincidía con aquel veterano cantador. Él y otro joven compañero acudían con la frescura de los años nuevos, cuando uno cree que la juventud es una garantía de resistencia y que las noches pueden alargarse tanto como se quiera.
Pero aquel viejo tenía otras cuentas pendientes con el tiempo.
Ferreras no era precisamente un hombre de modales reposados. Tenía carácter, genio, una mirada de soslayo y esa autoridad natural de quienes no necesitaban pedir permiso para ocupar su lugar. Era de los que marcaban el terreno con una simple mirada, como advirtiendo que, mientras estuviera presente, la dirección de aquella parranda le pertenecía.
Y empezó la fiesta.
Una canción sucedía a otra. Las cuerdas acompañaban, las voces respondían y las invitaciones circulaban con la generosidad de aquellos tiempos. Manuel bebía sus cervezas, cantaba, volvía a cantar y, cuando la celebración reclamó mayores argumentos, continuó con el ron.
La mañana fue haciéndose tarde y la tarde comenzó a confundirse con la noche.
Los jóvenes alternaban la música con el bullicio, las conversaciones y el natural entretenimiento de la fiesta. Pero Ferreras seguía allí, prácticamente instalado en su particular reino musical, dispuesto a demostrar que la veteranía podía mucho más que cualquier partida de nacimiento.
Aquello no era una simple parranda. Era un desafío a la resistencia humana.
Mientras los muchachos comenzaban a rendirse al cansancio, el viejo parecía encontrar nuevas reservas de energía. Una copla más, otra invitación, otra entrada inesperada y nuevamente el milagro de su voz levantándose por encima del jolgorio.
Hasta que sucedió lo impensable.
Los jóvenes se rindieron.
Sin grandes despedidas, casi a escondidas, abandonaron aquella batalla desigual. Se marcharon a la francesa, dejando al veterano dueño y señor de una celebración que, según recuerda Marcos, todavía parecía tener cuerda para rato.
No sabrían decir en qué momento del día siguiente Manuel Ferreras consideró concluida su particular conquista.
Lo cierto es que había derrotado a la juventud sin necesidad de levantarse de la silla.
La voz que no admitía imitaciones
Pero reducir aquella experiencia a una divertida anécdota de resistencia sería cometer una injusticia con la grandeza de su protagonista.
Porque lo verdaderamente extraordinario de Manuel Ferreras no estaba en las copas que pudiera aguantar ni en las horas que permanecía despierto.
Estaba en su manera de cantar.
Marcos recuerda con especial admiración aquellas entradas a contratiempo, esas licencias que solamente pueden permitirse los intérpretes que dominan el arte hasta convertir las reglas en una prolongación de su propio instinto.
Ferreras entraba cuando quería, sostenía la melodía a su manera y parecía jugar con el acompañamiento de los tocadores. Donde otros necesitaban disciplina, él encontraba libertad. Donde cualquier principiante hubiera perdido el compás, el veterano desplegaba una personalidad musical inconfundible.
Había aprendido en esa universidad sin pupitres que fue siempre la tradición oral de Canarias.
Y enseñaba sin proponérselo.
Los jóvenes que lo acompañaban no solamente disfrutaban de una jornada de fiesta. Estaban asistiendo a una lección magistral impartida por uno de aquellos cantadores capaces de transformar la espontaneidad en arte.
Con el paso de los años, Marcos volvió a coincidir con él en otras ocasiones. Los muchachos ya habían crecido y el viejo, inevitablemente, comenzaba a ceder terreno a la edad. Su carácter seguía presente, aunque el tiempo parecía haber suavizado algunas aristas.
Sin embargo, cuando abría la boca para cantar, regresaba intacta aquella autoridad que lo había convertido en una figura inolvidable.
Porque hay voces que envejecen con sus dueños, pero hay otras que permanecen jóvenes en quienes las escucharon.
El patrimonio que no cabe en los museos
En esta pequeña historia se esconde también una reflexión mucho mayor.
Canarias posee un patrimonio sentimental que difícilmente encontraremos en los archivos oficiales. Vive disperso en las memorias de nuestros mayores, en las conversaciones de sobremesa, en los romances aprendidos de oído y en las anécdotas que sobreviven gracias a quienes todavía sienten la necesidad de contarlas.
Manuel Ferreras pertenecía a ese universo de personajes populares que no precisaban reconocimiento académico para dejar una profunda huella cultural.
Su voz era su credencial. Su personalidad, su bandera. Y su escenario, cualquier rincón donde hubiera un instrumento dispuesto a acompañarlo.
Marcos Hormiga ha rescatado de su memoria aquella jornada de juventud y, con ella, nos devuelve algo más valioso que una anécdota: la presencia humana de un cantador que hizo escuela sin necesidad de impartir lecciones.
Quizá esa sea la verdadera grandeza de nuestros viejos maestros: haber enseñado tanto sin escribir apenas nada.
Hoy, cuando tantas manifestaciones de nuestra cultura popular corren el riesgo de desaparecer, testimonios como este adquieren el valor de pequeñas joyas rescatadas del polvo del tiempo.
Porque aquel día, bajo el sol majorero, Manuel Ferreras no solamente ganó una particular batalla contra dos jóvenes que se creían invencibles.
Ganó un lugar en su memoria.
Y mientras alguien siga recordando aquella voz, aquellas entradas imposibles y aquel temperamento indomable, el viejo Ferreras seguirá cantando en algún ventorrillo imaginario de Fuerteventura, donde las guitarras nunca terminan de callarse.
Crónica literaria elaborada a partir del testimonio oral del poeta y escritor majorero Marcos Hormiga, en homenaje a Manuel Ferreras y a los guardianes de la tradición musical de Fuerteventura.
Feli Santana
