OPINIÓN

LA CASTA Y EL MAL DE ALTURAS

El mal de alturas es una afección médica bien conocida: surge por la incapacidad del organismo para adaptarse a la falta de oxígeno a medida que se gana elevación. Si no se trata a tiempo, provoca desorientación, confusión, pérdida de coordinación y una grave dificultad para mantener los pies en la tierra. En la política, el diagnóstico es alarmantemente similar.

En la reciente y multitudinaria 40ª edición de la Suelta del Perro Maldito de Valsequillo se vivió una imagen que llamó poderosamente la atención. Y no ocurrió sobre el imponente escenario de 50 metros de longitud, ni entre los más de 250 vecinos que firmaron un récord histórico de participación. La escena verdaderamente reveladora se produjo justo enfrente.

En la planta alta de una obra en construcción, situada en pleno casco urbano, se habilitó un espacio para los medios gráficos.

Hasta ahí, impecable: una ubicación logística con el fin de facilitar la labor periodística y captar las mejores imágenes del espectáculo. Lo sorprendente fue comprobar quiénes acompañaban a las cámaras en ese palco privilegiado: Francisco Atta y Gregorio Peñate.

Allí estaban, a la vista de todo el pueblo, asegurándose de ser vistos para trasladar dos mensajes cristalinos. El primero: que ellos están en «otro nivel». Ese nivel de quienes se consideran demasiado importantes como para mezclarse con la multitud, hacer cola para buscar un buen sitio, aguantar empujones o —¡válgame Dios!— correr el riesgo de salir manchados por la intensidad de la representación. El segundo mensaje es todavía más grave: exhibir que, aun habiendo perdido el gobierno, pretenden seguir disfrutando de los privilegios que ellos mismos se labraron durante sus años de mandato.

Es la escenificación perfecta de la casta. Pocas veces una sola fotografía ha sintetizado con tanta nitidez ese concepto. Mirar la realidad desde las alturas puede ofrecer una perspectiva amplia, pero instalarse ahí de forma permanente conlleva un doble peligro: perder todo contacto con el pulso de la calle y acostumbrarse a mirar al resto de la ciudadanía por encima del hombro. Es la actitud de una casta venida a menos que roza el esperpento.

Hay dirigentes que lo apuestan absolutamente todo a la cuota de poder. El poder les otorga estatus, notoriedad y privilegio; pero, una vez despojados de él, se descubren vacíos. Los dos líderes de ASBA en esa foto necesitan gritarle al pueblo que el estatus les sigue perteneciendo, que ellos son de «otra…casta».

Pobre de aquel que crea que la posición o el cargo lo hacen superior. El poder público no es una propiedad privada ni un patrimonio hereditario; es una responsabilidad temporal y vocacional para ponerse al servicio de la gente. Sin embargo, Atta y Peñate parecen atrapados en una visión absolutista que evoca a Luis XIV cuando espetó ante el Parlamento de París aquello de «El Estado soy yo». En la noche del Perro Maldito, su actitud pareció proclamar: «El Ayuntamiento y los privilegios nos pertenecen».

Son los síntomas inequívocos del mal de alturas. Y mientras ellos buscaban la foto en el balcón de los privilegiados, la ciudadanía también pudo comprobar dónde se encontraba el actual grupo de gobierno esa misma noche: a pie de calle, entre la gente y trabajando.

ACLARANDO VALSEQUILLO

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