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PRESENTACIÓN DE TIMPLARIA: TERCER DISCO DE LAURA MARTEL

Un trabajo nacido para rendir culto al timple, a su sabiduría y a quienes han convertido este pequeño instrumento en un universo sonoro capaz de despertar duendes musicales, creatividad y composición.

Pero el verdadero valor del timple está también en su continuidad, en la gente joven que se incorpora, aprende, madura sus conocimientos y recoge el testigo de quienes marcaron el camino. Y eso fue precisamente lo que respiró esta noche: una celebración del legado y, al mismo tiempo, una mirada hacia el futuro.

En su tercer trabajo discográfico, Las cuerdas que nos unen, Laura se arropó de un elenco extraordinario de músicos y amigos. Domingo Rodríguez “El Colorao”, Germán López, el verseador Yeray Rodríguez; voces tan reconocidas como Mary Carmen Segura, Patricia Muñoz, Carla Vega, Pedro Manuel Afonso, Fabio Martín, Pablo y Alicia Pastrana, fueron sumándose a una noche construida desde la complicidad y el cariño por nuestra música.

Valsequillo se llenó entonces de cantos y rasgueos, de susurros y versos.

El aforo fue entrando poco a poco en esa magia que despierta la música cuando los intérpretes dejan de tocar únicamente notas y comienzan a contar historias. Sonaron sorondongos, aires de lima, folías; aparecieron los versos improvisados de Yeray y el recuerdo de los grandes maestros del timplillo, hasta terminar con esas isas parranderas que siempre consiguen levantar el ánimo y juntar las palmas.

Laura Martel se sintió querida.

Y también estandarte de su municipio.

Entre las luces de la noche, los aplausos hicieron eco y apareció uno de esos momentos que no necesitan demasiadas explicaciones: el recuerdo de la abuela Andreíta. Su memoria pareció subir hasta el cielo envuelta en aquel mensaje encriptado de amor que solamente entienden plenamente los suyos.

Porque detrás de cada músico existe también una familia, unas raíces, personas que animaron cuando todavía no había escenarios y manos que empujaron cuando el sueño apenas comenzaba.

Valsequillo volvió a mostrarse como ese pueblo que sabe arropar a su gente, que descubre las genialidades de sus vecinos y disfruta viéndolos crecer hasta convertir aquel aprendizaje primero en orgullo compartido.

Y hubo otro instante especialmente emocionante.

El timple de José Antonio Ramos volvió a tener voz en las manos de Laura, acompañado a dúo por el gran Misael Jordán. Aquello fue algo más que interpretar una pieza. Era tocar un pedazo de historia, hacer sonar nuevamente la memoria de uno de los grandes y permitir que aquellas cuerdas siguieran hablando muchos años después.

Quizás de eso trataba realmente la noche, de las cuerdas que nos unen. Las del instrumento, las de los maestros, las de la familia, las de los amigos.

Y las de un pueblo que contempla cómo una de las suyas continúa creciendo sin olvidar de dónde viene.

Laura agradeció generosamente a quienes han acompañado su carrera, a quienes la animaron a seguir, a quienes confiaron en su capacidad y a ese selecto grupo de artistas entre los que hoy camina sintiéndose afortunada, pero también responsable de seguir creando.

El último rasgueo terminó perdiéndose en la noche fresca de septiembre.

Pero quedó el eco.

Ese que solamente dejan las noches en las que la música consigue tocar algo más que los oídos.

Grande, Laura. Felicidades.

Feli Santana

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