QUE TU LEGADO NUNCA MUERA, AMIGO

Un homenaje íntimo a Lelo, guardián de la memoria, la palabra y la sabiduría de Tenteniguada.
Amigo Lelo, dicen que la muerte no es el final; tú ya lo has comprobado, supongo. Como es verdad —y doy fe cristiana de ello— que las personas buenas viven para siempre, me quedo con la gracia de pensar que el Creador se va a sentir orgulloso de tu paso por este mundo. Si esto fuera un examen y ahora te estuvieran poniendo nota, pasarías directamente a asesorar al Padre. Claro, antes imagino que le harías tres preguntitas… Pero, sabiendo de tu pensamiento filosófico, creo que una mirada bastará para sanarte.
Valsequillo sin ti no dejará de ser un pueblo, aunque esta vez será un pueblo sin cuentos; cuentos de verdad, de incómodo, de ocurrencias, de socarronería y de sosiego. Aquella manera de contar las cosas solo se extrae de una mente observadora, humilde y serena. Una mente que nos recuerda quiénes éramos y cómo actuábamos. Escucharte cuando regalabas cuentos era una forma de seguir unidos a la tierra, a la memoria brillante de un trabajador de la vida.
Fuiste maestro carpintero de artesanía. Podrás charlar con Jesús —competente en la profesión— sobre la madera de su cruz, sobre si de verdad pesaba arrastrar los pecados del mundo para regalar amor, para arreglar el mundo, el país, el pueblo. Qué tertulias más sagradas y omnipotentes: tú observando a toda la parroquia apostólica y extrayendo sus fobias y matices, para contarnos, cuando vengan a por nosotros, la compañía de la luz.
Tenteniguada es, en el paisaje, tus recuerdos, tus inquietudes, tu maestría, tus tertulias y tus enseñanzas. Siempre aconsejando, siempre dando ejemplos, pequeños o grandes, pero llenos de una sabiduría especial, sin aplausos ni exigencias; por naturaleza ejemplar de tus propios designios. Los rincones de ese altar te echarán de menos como nosotros. Tu esencia pertenece a ese pueblo de altura, maravilloso, donde San Juan se prestó a festejar con su iluminada y sabia vida.
Este año, esas hogueras, más luminosas que nunca y más purificadoras que siempre, harán honor a tu persona y a tu pueblo, que siempre unido en las dichas y en las reivindicaciones, encontró el mejor ejemplo en ti: la referencia de un hombre bueno y comprometido con la cultura y la sociedad, siempre al frente de todos como un guía infalible e inagotable.
En la cultura y en el Club Hypatia fuiste siempre el narrador de las épocas, la sal de la escritura y la voz de la opinión. Adorabas a los grandes clásicos y siempre te entusiasmabas con el legado de Gabo y su eterna literatura mágica.
Hoy llueven flores amarillas mágicas sobre Tenteniguada. En la famosa novela Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, esta lluvia ocurrió la noche en que murió José Arcadio Buendía, cubriendo el pueblo con una colcha tan compacta que tuvieron que despejarla con palas.
Aunque también prefiero las charlas apasionadas con la muerte en Las intermitencias de la muerte, de José Saramago, una sátira filosófica donde la muerte decide dejar de hacer su trabajo, obligando a la sociedad a replantearse sus estructuras. Y también La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero, escrita tras la muerte de su marido, donde entrelaza el duelo personal con la vida y la pérdida de la científica Marie Curie.
Amigo Lelo, haberte conocido y haber compartido contigo momentos inolvidables me da la certeza de que vivir y morir es solo un trámite alegre e ingrato. Que Dios nos consuele a nosotros, porque este último gesto de la vida no es mérito de la muerte, sino de haber vivido en la integridad de la existencia.
Hasta siempre, amigo.
Feli Santana
