LA FLOR QUE NO PIDIÓ PERMISO
Apuntes sobre lo que florece en silencio

Ignorando las previsiones en los días claros, el tiempo se permite sus caprichos.
A esta distancia del sol, juega. Se engalana. Se burla.
Se apoya en el tablero incierto de los agoreros, donde las posibilidades crecen a fuerza de voces, y el rumor se multiplica como si nombrar fuera decidir.
Hubo un invierno en que los almendreros florecieron antes de tiempo.
No fue metáfora.
Fue un estallido blanco celebrando el año.
Aquello me llevó a mirar más despacio a la naturaleza: cuanta más agua recibe, más se entrega generosa.
Los sarmientos negros guardaban silencio, parecían ausentes. Vestidos de luto, inmóviles.
Y, sin embargo, entre los disfraces del campo, descubrí varas vivas cimbreando al viento.
Lo que creí mariposas era otra cosa: pétalos tempranos, impacientes, rompiendo el sueño para aplaudir al invierno.
—¿Ya? —me dije—. ¿Tan pronto?
Miré la ladera entera, aquel almendrero era distinto.
Un gesto mínimo: veintitantos pétalos abiertos, blancos y verdes, contados como quien toca un milagro con los dedos.
Quizá no estaba solo. Quizá florecía arropado. Tuneras de palas verdes y púas blancas, firmes ante la ventisca.
La humedad sosteniendo el pulso de la tierra. Sombras y luces trenzando pasillos.
Un drago joven, cargando su promesa. Piteras alzando pitones secos hacia el cielo.
Una alianza muda. Un abrigo compartido.
Entonces volví a mirar. Los demás almendreros seguían negros. Secos en apariencia.
Carcasas tristes. Y dudé. Dudé de la sabiduría de la naturaleza.
Volví a errar por mirar deprisa.
Porque bajo aquella piel oscura, los sarmientos estaban llenos de minúsculos brotes que rompían la corteza.
Vida empujando desde dentro, bajo el traje de luto, una explosión contenida.
Paciente. Exacta. Esperando su hora; me rendí.
La naturaleza no se equivoca: es sabia, altiva, plural, indómita. Nunca se muestra de golpe.
Y entre el tapiz verde que todo lo cubre, todo lo exalta, todo lo ampara, estos brotes —dulces, frágiles, decididos— irrumpen.
Rompen el decorado, sacuden la conciencia.
Y nos devuelven, sin ruido, a la comunión con la vida.
Feli Santana
