ME VAN HACER PERDER EL VIAJE…
El tambor del Cercado

Corría el año 90 o 91, y no sé cómo surgió pero acabé en un avión rumbo a Los Rodeos-Tenerife Norte con un grupo entre los que estaba Paco el Toro, para seguir por tierra en un taxi, (el taxista nos llevó de estraperlo pues no podía recoger a nadie en el aeropuerto ya que tenía licencia de Arona y no quería volver vacío) haciéndonos buen precio, para coger el ferry en Los Cristianos a la Gomera.
Teníamos por objetivo, además del disfrute del viaje, comprar una tambora en Chipude para nuestro grupo musical Almogaren. La aventura empezó desde que llegamos a San Sebastián, ya que no encontramos alojamiento y tuvimos que hacer noche en la Playa de la Villa como los gomeros denominan a su capital, y montar las casetas sobre su arena negra. Por suerte conseguimos el último coche de alquiler que quedaba en la isla, un Seat Panda rojo de lo más incómodo para dormir, aunque alguno llegó a dormir en él…
Tras dar rueda por la isla, finalmente seguimos camino con la intención de ir a Chipude, pero paramos en el Cercado, y nos metimos en un bar preguntando por algún sitio donde comprar el tambor que veníamos buscando, con tan buena suerte que en la barra nos dice el dueño que el señor de la esquina era quien los fabricaba. Pues nada, derechitos que nos fuimos a preguntarle por los tambores para comprar uno. La respuesta fue tajante: “yo no vendo tambores, se han equivocado…”
Paco y yo nos quedamos con cara de tontos, y volvimos a la otra esquina de la barra, por lo menos podríamos tomar un café y seguir camino rumbo a Chipude. El dueño del bar nos volvió a atender y nos preguntó que como nos había ido con el Maestro, y le comentamos que nos había dicho que él no era quien fabricaba los tambores. En su cara se esbozó una sonrisa y nos dijo que lo acompañáramos. Así hicimos, y encaró al Maestro, que si no recuerdo mal se llamaba José Ramón (aunque estoy en la duda si podría haber sido maestro Eliseo…), y lo confrontó ante nosotros:
-¿Cómo que no hace usted tambores?
El Maestro alzó la vista hacia nosotros y con cara seria nos miró diciendo:
-Es que esta gente me va a hacer ir a mi casa y voy a perder el viaje porque no me van a pagar lo que vale un tambor…”
Nosotros nos vaciamos de argumentos intentando que viera que nuestra intención era seria, pero fue cuando negociamos el valor aproximado, y le enseñamos los billetes de 5000 pesetas cuando cedió y acepto arriesgar el viaje a su casa para vendernos la tambora…
Cuando salimos del bar rumbo a su casa, resulta que cruzó la calle acompañado de su amigo Toribio, y abrió la puerta de enfrente al bar y resultó ser su casa, Paco y yo nos miramos con cara de: ¿aquí que coño pasó? En fin, aquel señor socarrón simplemente negoció con nosotros asegurando la venta antes de enseñar el producto tan siquiera. Eso sí, lo probamos allí mismo y él tomó el tambor y Toribio las chácaras y comenzaron a tocar aquellos ritmos ancestrales con una cadencia, y una sonoridad que unidas al sitio nos dejó sin palabras transportando el ambiente a otra dimensión sin tiempo…
Más tarde nos explicó el proceso de creación del tambor y lo importante del cuero, que el bueno era el que se podían encontrar de algún baifo que llevara muerto varios días al intemperie.
Por supuesto que ya finalizada la venta, lo pertinente era volver al bar y cerrar con un vinito la transacción, la conversación con el alcohol comenzó a fluir, resulta que estos amigos de toda la vida habían luchado en la guerra civil en bandos opuestos, las cosas de este mundo…
Como colofón nos invitaron a tomar gomerón, bebida autóctona de La Gomera que consiste en mezclar la miel de palma, obtenida del guarapo de las palmeras, con aguardiente de caña… como anécdota, una de las chicas que iba con nosotros estaba con un gripazo de muerte, y Toribio que no las dejaba caer al suelo le decía : “usted se toma un gomerón y va a notar que le baja un calor de la garganta hasta sus partes, le vuelve a subir arriba, y cuando baje por segunda vez le da un sudor de pecho a su marido y se le quita todo”…
Realmente pasamos un rato entrañable con aquellos paisanos, en su generosidad nos ofrecieron un garaje para pasar la noche, con el único inconveniente de que tenía un estanque cerca y el concierto de ranas no nos permitió pegar ojo.
El resto del viaje fue muy tranquilo, pero el sabor de boca que nos dejó aquel encuentro, todavía resuena en mi memoria con un dulce regusto por haberlo vivido…
HERMANN HELLBUSCH
