ALMOGAREN

Con la serenata en el balcón del deseo, de evolución lenta, con el respeto a lo tradicional, modelando ajustes e imprimiendo personalidad en el banco del ensayo —que significaba el pueblo, la casa, la nación—, ese deseo inmortal del que hablaba Ernest Renan. El pensador francés del siglo XIX construyó una teoría para explicar la existencia de las naciones, una que sigue vigente en el campo de estudio del nacionalismo: la nación política y la nación cultural. Estos dos eslabones se engancharon a la fuerza de arrastrar la consecuencia de vivir en comunidad, de servir en la comunidad, de enaltecer y multiplicar sus valores, imprimiendo identidad y lucha.
Las variantes culturales y tradicionales pasaron por recuperar las memorias del olvido: la cultura popular, la guía del futuro desencadenante, las leyendas y los cuentos; los hechos y las luchas con o sin cuartel; los personajes indómitos, los sindicalistas e inconformistas.
En un pueblo llano, el ritmo de la vida lo marca la diferencia, y esta la avala la revolución y la lucha de frentes. Con Almogaren se produjo esa revolución de las izquierdas unidas; se cuajó un frente político que sentó en el poder las formas y no naufragó cuando la deriva se convirtió en moneda de cambio. Mantuvo firme el pulso y las credenciales de llegar para servir y, con el mismo precedente, corrigió lo nefasto para recuperar el rumbo, confirmando con mano de plomo que el objetivo es invariable en cuanto al servicio público.
Mucho más que música y política
Recorrer, paso a paso, los rincones del municipio con una libreta en mano es sumergirse en el conocimiento profundo de nuestras tradiciones, guiados por la cercanía y sabiduría de los mayores. Es un acto de creatividad que pone en escena las artes y la gloria del pasado, al mismo tiempo que reafirma esa fascinación humana por las verdades que se esconden en lo humilde y que, en su defensa, narran la fortaleza del pueblo. Son valores que permanecen inmutables en la naturaleza misma de las cosas y que el tiempo dignifica al proyectar el destino de nuestra comunidad.
Almogaren simbolizó el ejército del cambio, una transformación en la actitud y en la filosofía de la vida rural, que busca lo mejor para el pueblo. Es una apuesta por sus valores, una postura que, desde sus primeros días, sacudió la conciencia juvenil, uniendo a la comunidad en hermandad a través de asambleas, éxitos y logros. Este movimiento fue fundamental para sacudir la cultura local y marcar el resurgir, limando carencias y estimulando la imaginación. De esa fortaleza aparecieron escenificaciones como El Perro Maldito, que transmite su legado a las nuevas generaciones.
Feli Santana
