ARRIEROS DE MAR A CUMBRE

A medida que viajamos hacia atrás en el tiempo, descubrimos los usos y costumbres de aquellas épocas de antaño. La vida transcurría lentamente, marcada por la monotonía de los caminos; era miserable por la desigual distribución de las riquezas, pobre por la falta de cultura y desarrollo, y triste por las escasas oportunidades que se concedían a la alegría.
Los caminos cargaban entonces con la vida de las personas. Sus esperanzas y progresos cabalgaban sobre mulas y burros; sus sueños se aireaban entre vueltas, barrancos y degolladas. Aquellos trayectos representaban el destino y el porvenir de muchas familias. Por eso, la primera puerta hacia el progreso comenzó con la comunicación que propiciaban arrieros y caminantes, quienes traían noticias, transportaban mercancías y mantenían vivo el intercambio entre los pueblos.
Una isla con la compleja fisonomía de Gran Canaria estaba atravesada por multitud de caminos, veredas y sendas. Por ellas circulaba todo aquello de lo que dependía la vida. Las carreteras pertenecen a la modernidad de la rueda y apenas cuentan con siglo y medio de historia. Con la llegada de los primeros carros, que fueron sustituyendo a la corsa, comenzaron a ensancharse las vías y a alinearse los trazados en busca de una sociedad más comunicada.
Durante mucho tiempo convivieron dos formas de recorrer la isla: los caminos tradicionales, abiertos durante generaciones y conservados en gran medida gracias a la enrevesada orografía insular, y las nuevas carreteras, diseñadas primero para los vehículos de tiro animal y, posteriormente, para los vehículos de motor.
La profesión de arriero fue una valiosa manera de acercar el futuro. Muchos arrieros de las medianías poseían varias mulas y burros para afrontar transportes de largo recorrido. Partían de madrugada, adivinando el sendero en el silencio de la noche, acompañados por tres o cuatro bestias cargadas y con destino al puerto, al mercado o a la ciudad.
Transportaban papas, granos, frutas, carbón y otros productos del campo. Normalmente, un solo arriero controlaba toda la hilera de animales, pues en las casas había demasiado trabajo y cada miembro de la familia debía cumplir con una función.
Las bestias casi nunca se detenían. En las paradas les amarraban al cuello un saco con carrizos, hierba o pasto verde para que pudieran alimentarse. Después de jornadas de entre diez y quince horas de camino, regresaban a los establos, donde les lavaban el lomo con agua y jabón para aliviar las rozaduras producidas por las albardas. Eran animales resistentes, nobles y de una fidelidad incansable.
Los arrieros de Gran Canaria prolongaron su oficio hasta bien avanzado el siglo XX. Mientras la red de carreteras locales permanecía incompleta, el arriero de las cumbres continuó entregado a sus quehaceres y a su imprescindible labor cotidiana. Repartía el pan, el pescado, los muebles y la artesanía, además de transportar los frutos del campo entre las zonas interiores y los núcleos costeros.
Hoy, al reconciliarnos con nuestro pasado, comprendemos el enorme esfuerzo que supuso garantizar la supervivencia y el progreso de unas tierras interiores aisladas. Pueblos y caseríos dependieron durante siglos de las bestias y de sus arrieros, de aquel transporte de sangre que permitió acercar el futuro a los rincones más apartados de la isla.
Muchos de aquellos lugares continúan siendo hoy refugios donde parece haberse detenido el tiempo. En sus caminos aún permanece la memoria de quienes caminaron de mar a cumbre, abriendo con cada paso las sendas de la evolución y acercando a nuestros pueblos una vida más llevadera.
Vaya este recuerdo a la memoria de los arrieros, hombres sacrificados que abrieron los caminos del progreso y acercaron la vida a los rincones más lejanos de Gran Canaria.
Feli Santana
