OPINIÓN

PASAJES DE OTOÑO EN LAS VEGAS

Acabó septiembre y su larga estela nos trajo este otoño amoroso. Despiertan las auroras con la fragancia de un alisio que se enfría y avanza sus patas de cangrejo abrazando la isla por el noroeste, mientras comienza a poner fundas de gasas blancas sobre las medianías. Antes de que el sol despierte, las brumas ya se han adelantado en la madrugada para enjuagar la corteza de la piel terrestre, sus bosques, laderas y montañas. La dulce caricia fresca de la tarosada va ganando espacio y la llamada al nuevo ciclo invernal comienza a manifestarse.

Camino en el alba. Ladran los perros en la distancia, contagiando las perreras matutinas. Las gallinas cantan y sus cloquíos anuncian las puestas, alterando la guardia del gallinero. Siento mis pisadas sobre la tierra húmeda y las huellas me siguen marcando el camino. Las farolas, todavía adormiladas, juegan con mi sombra, que unas veces me atrapa la retaguardia y otras se me adelanta, en un bucle juguetón que se repite bajo cada luminaria, resucitando mi oscura silueta. Los perfiles de las casas duermen, los campos inertes pintan paisajes oscuros y los grillos ponen sus alarmas a los sonámbulos. Todo conforma esa memoria entrañable del despertar.

Las Vegas, este barrio de terrazas altas, vistosas sobre un paisaje escalonado, conserva una referencia ancestral en los pinos de Las Moranas. Allí siguen, erguidos y centenarios, clavando vida en el cielo de Valsequillo y guardando la memoria de unos antepasados que fueron perdiendo su identidad. Son tan antiguos que nadie recuerda ya sus progenitores, aunque su porte monumental manda información remota de un tiempo artesano, arriero y profundamente unido a la tierra.

Miro hacia las cumbres de El Piquillo y las imagino peladas hace setenta años. Eran calvas, praderas amarillas en verano donde el frío reinaba durante el invierno y la ventisca sacudía las antiguas cometas. Hoy es un bosque verde colgado de los riscos, en cuyos andenes reinan las aguilillas, las ovejas y las cabras. El Paso de la Mula duerme su pasado arriero en La Culata, los caideros se limpiaron y, desde la Cañada de las Mimbreras hacia arriba, parece escucharse el grito mudo de los pastores llamando a la trashumancia.

Algunas ventanas comienzan a iluminarse y vuelven a apagarse. En los andurriales, un nuevo fenómeno animal ensaya sus voces: el rebuznar continuo de unos burros perezosos, cuya protección los ha condenado al ocio y al aburrimiento. Uno imagina sus lamentos de paciencia, esperando acontecimientos que rompan la monotonía de sus establos.

Camino hacia El Laderón y la luz comienza a iluminar las tierras de Valsequillo. La llanura se descubre poco a poco, con una saturación urbana que ha ido creciendo desmedidamente sobre lo que en otro tiempo debió ser un espectáculo de valle. El pueblo duerme asentado en la orilla del barranco de San Miguel, que ahora conserva las señales de salitre y las huellas de las últimas escorrentías.

Avanzo y comienzo el retorno por el antiguo camino de El Laderón, entre las casas aireadas de la orilla de Los Frailes. Allí, Manolito Ramírez levantó su hogar con esfuerzo titánico de pocero y albañil, crió a su familia y ahora, en la senectud de su mirada, disfruta de una terraza acristalada que le regala cada mañana la luz del amanecer.

Desde su atalaya contempla el pueblo con esa nostalgia trasnochada de veterano, cargado de recuerdos en sus candiles memorialistas. Un pasado de sudor, miseria y rabia que vuelve algunas veces en la conversación, entre pausas y reflexiones de quien ha conocido otras formas de supervivencia. Acompasamos la charla y la vida se manifiesta en sus dolores y esperanzas. Los pobres seguirán siendo pobres, sentencia, aunque nunca dejen de anhelar tiempos de bonanza.

Continúo caminando en silencio, meditando sus palabras, cuando dos ovejas me miran estáticas, como fantasmas sorprendidos en su intimidad matutina. Qué sabrán ellas de anhelos, si les sobra la lana.

Atrás dejo aquel pasaje y sigo por la cañada, donde abundan las pequeñas granjas. Cabras y gallinas me saludan con sus particulares conversaciones, que bien parecen demandar alguna respuesta. El día comienza a aclararse, abandonando definitivamente el alba, mientras un gato elegante pasea por la barriada, maúlla un saludo minino y arrastra su pelaje contra la pared, rascándose la espalda con parsimoniosa satisfacción.

Tras las vallas de los pequeños huertos asoman ramas de naranjeros, frutos todavía verdes que crecen ensayando su despertar. Aumentan los sonidos en los callejones y comienza ese tránsito que se escucha detrás de las paredes dormidas. Algunas casas despobladas guardan sus fantasmas y el abandono parece haberles cerrado para siempre las conversaciones de antaño.

Al final del callejón, un ciprés se levanta como una palmatoria perenne, solemne y solitaria. Enfrente, un almendrero espera febrero para alegrar con sus flores la tristeza del invierno. Y al otro lado, tras la curva larga, una pared blanca, salpicada de piedras en relieve colocadas con gracia, guarda un olivo ornamental que crece entre los recuerdos de las casas habitadas.

Más allá aparecen nuevamente Las Moranas, con sus casas derruidas y olvidadas. La maleza va ocupando los rincones, los muros pierden su compostura y las antiguas habitaciones permanecen abiertas al cielo, como si todavía aguardaran el regreso de quienes un día las llenaron de vida.

Y allí continúan los pinos centenarios, firmes sobre el paisaje, guardando los cadáveres del primer asentamiento vistoso de Las Vegas. Han conocido generaciones, penurias, oficios, animales, caminos, alegrías y abandonos. Siguen clavados en la tierra mientras alrededor todo cambia, testigos de una vida antigua que se va borrando de la memoria del barrio.

Termino mi paseo cuando el sol ya comienza a conquistar las laderas. Las Vegas ha despertado, las sombras se recogen y aquel silencio primero se va llenando de los sonidos cotidianos.

Pienso en los pinos, en Manolito, en las casas vacías, en los caminos arrieros y en tantas vidas que un día ocuparon estos rincones. El otoño vuelve a refrescar la piel de la tierra, indiferente a nuestras prisas, mientras el paisaje sigue escribiendo su historia, aunque cada vez queden menos personas que puedan contarla.

Feli Santana

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