LA HISTORIA NO SE PUEDE CONTAR OLVIDANDO A SUS PROTAGONISTAS

Cuarenta años no se cumplen todos los días. Y llegar hasta ahí, con todo lo que supone mantener viva una Universidad Popular durante cuatro décadas, tiene su mérito. Por eso, lo primero es reconocer y valorar la celebración del 40.º aniversario de la Universidad Popular Juan Rodríguez Doreste, de Las Palmas de Gran Canaria, y el esfuerzo de quienes hicieron posible el acto. Una fecha así merece celebrarse, recordar el camino recorrido y sentirse orgullosos de lo construido.
Ahora bien, dicho esto, y sin quitarle mérito a lo celebrado, hay cosas que no terminan de cuadrar. Porque una cosa es organizar un acto y otra muy distinta es tener presente a quienes forman parte de la historia que se está celebrando.
Y parece que, en esto último, a alguien se le quedó el lápiz corto haciendo la lista de invitados.
Vamos a ver, ¿de verdad se puede celebrar el cuarenta aniversario de una Universidad Popular y dejar sin invitación a algunos de sus propios fundadores? ¿Y a trabajadores y trabajadoras que se dejaron allí una buena parte de su vida, que echaron horas, ganas y paciencia, que levantaron talleres, atendieron al alumnado, organizaron actividades y sacaron adelante el trabajo de cada día? Algunos ya están jubilados; otros siguen en la Administración, aunque ahora estén destinados en otros servicios. ¿Y qué? ¿Acaso por haberse jubilado o cambiado de despacho se les ha borrado también su aportación a la historia de la Universidad Popular?
Parece que, para algunos, la memoria institucional tiene fecha de caducidad. Mientras estás dentro, cuentas; cuando te jubilas o te vas a otro servicio, parece que pasas a formar parte del mobiliario antiguo. Y no, señoras/es, la cosa no funciona así.
Una Universidad Popular no nace porque un buen día alguien inaugure un despacho, coloque una placa o presente un programa de actividades. Detrás de esos cuarenta años hay personas que empezaron cuando aquello estaba por hacer, que pusieron en marcha proyectos, que enseñaron, aprendieron, improvisaron cuando no había medios y se buscaron la vida para que las cosas salieran adelante. Hay monitores, profesores, animadores, personal administrativo, colaboradores y alumnado que dejaron allí mucho más que unas horas de trabajo. Dejaron parte de su vida.Y a algunos ni siquiera les llegó una invitación.
¡Caramba, tampoco estamos hablando de mandarles una cesta de Navidad ni de organizarles una fiesta particular! Bastaba con una invitación personalizada. Un gesto sencillo, de esos que cuestan poco dinero y dicen bastante de quien los tiene. Después cada cual decidiría si podía o quería asistir. Pero, al menos, que tuviera la oportunidad de estar, de reencontrarse con antiguos compañeros y de compartir una celebración que también forma parte de su propia trayectoria.
Porque no se trata de repartir medallas a diestro y siniestro, ni de poner a todo el mundo en primera fila. Se trata de algo bastante más sencillo: tener memoria y un poquito de consideración.
Y lo mismo ocurre con determinados colectivos sociales, culturales y asociativos que durante años han mantenido relación con la Universidad Popular, han colaborado en sus actividades o han encontrado allí un espacio para aprender, participar y compartir. Tampoco parece que todos estuvieran en la lista. Y eso deja una fotografía bastante incompleta de lo que ha sido y debería seguir siendo una institución de estas características.
Porque una Universidad Popular no es solamente un servicio municipal, ni una programación de cursos, ni una agenda de talleres que se presenta cada temporada. Es una herramienta de participación ciudadana, de formación permanente, de convivencia y de cultura popular. Es un espacio que se construye con la gente y para la gente. Precisamente por eso, su aniversario tendría que haber sido una ocasión para reunir a quienes han formado parte de ese recorrido, no solamente a quienes hoy ocupan determinados cargos o responsabilidades.
Las autoridades tienen, por supuesto, su sitio. Faltaría más. La representación institucional forma parte de estos actos y es perfectamente razonable que esté presente. Pero una celebración de cuarenta años no debería convertirse en una fotografía de autoridades, cargos y representantes mientras algunos de los que hicieron posible llegar hasta aquí ni siquiera reciben una invitación.
Que nadie se confunda: no se está cuestionando el acto celebrado, ni el trabajo de quienes lo organizaron, ni la importancia de reconocer a la institución. Se está cuestionando algo muy concreto: que se haya dejado fuera a personas y colectivos que, por su trayectoria y vinculación, merecían como mínimo ser invitados.
Y esto no es una cuestión de protocolo, de gustos personales o de quién se lleva mejor con quién. Es una cuestión de memoria y de justicia con la propia historia.
A veces parece que tenemos cierta facilidad para acordarnos de quienes están, pero bastante menos para reconocer o ser selectivo con quienes estuvieron. Y eso, además de ser una descortesía, es una manera bastante pobre de entender lo que significa una institución pública.
Los cargos pasan, los gobiernos cambian, las direcciones van y vienen. Lo que permanece es el trabajo de la gente. Por eso, cuando se celebra una trayectoria de cuarenta años, hay que mirar hacia atrás y reconocer el camino completo, no solamente el último tramo, que es el que algunos tienen más a mano.
Y quizá lo más importante de todo esto sea la reflexión que debería quedar después de la celebración: una institución que cumple cuarenta años tiene la responsabilidad de cuidar su memoria, de conocer sus orígenes y de tener presentes a quienes contribuyeron a levantarla. No para repartir reconocimientos por compromiso ni para quedar bien con nadie, sino porque esa es la manera de respetar su propia historia. Los aniversarios pasan, las fotografías quedan, pero la memoria de una institución se demuestra también en la forma en que trata a quienes la hicieron posible.
Porque, vamos a ver, ¿qué sentido tiene celebrar cuarenta años de una institución si nos olvidamos o somos selectivos con una parte de las personas que la hicieron posible?
Se puede organizar un acto precioso, preparar un buen programa, llenar un salón y hacerse una fotografía para el recuerdo. Todo eso está muy bien. Pero hay fotografías que, por mucho que se encuadren, salen incompletas.
Y esta parece que fue selectiva y dejó fuera a más de uno que tenía motivos sobrados para estar allí.
CUARENTA AÑOS NO SON DE QUIENES ESTÁN HOY AL FRENTE. SON DE TODOS LOS QUE ESTUVIERON, TRABAJARON, ENSEÑARON, APRENDIERON Y AYUDARON A LEVANTAR AQUELLA UNIVERSIDAD POPULAR.
Porque la memoria no debería funcionar como una lista de invitados: acordándonos solamente de quienes nos interesa tener delante.
Y si de verdad se quería celebrar la historia de la Universidad Popular Juan Rodríguez Doreste, había que contarla completa. Con sus protagonistas, con sus ausencias y con el respeto que merece cada persona y cada colectivo que contribuyó a construirla.
Que cuarenta años dan para mucho, pero también deberían dar para tener memoria.
MIGUEL MONZÓN
