ESTRÉPITO ELECTORAL

Sin duda, la educación como cometido absorbe parte de la pulsión de violencia inmediata, aminora, retarda la acción compulsiva de los individuos. Pero no la clausura. La educación no deja de ser un barniz de civilización, que salta a la primera de cambio. La ética, que resulta de una reflexión sobre la responsabilidad que debemos al otro y de la racionalización social, que emerge de una mente excepcional como la humana, de su singularidad, nos previene.

En las últimas semanas, hemos visto recorrer los platós una violencia política expresada y condensada a raíz de las elecciones del pasado 4M. Montaraz, berroqueña. Lo asombroso es que algunos medios de comunicación la apoyaron soterrada o indisimuladamente. Pero, sólo si se trataba de una violencia de su propia facción les parecía comprensible. Conque llega el momento de una reflexión ilustrada, razonada, alejada de los abrevaderos en los que nunca, en esencia, deontológicamente jamás debieron haber bebido. Se trata de una mancha execrable que deben limpiar. De lo contrario, si no logran desprenderse de esa suciedad los conducirán al despeñadero. Conque llega la hora de una condena imperiosa de la violencia, sin distingos.

Los bulos como forma de destrucción política

Nunca antes, que recuerde, en los cuarenta años de democracia parlamentaria tuvimos esta lacra de formas chulescas, de perdonavidas en la vida pública, de atildados filibusteros, de gañanes sin formación, de enfrentamientos sin par. Sin formas ni educación. Esta política a martillazos, a garrotazos con el barro hasta la cintura, a calzón quitado, de tintas negras, que ennegrece aún más los heraldos negros de los instintos, debe acabar.

Sabemos que ni la cultura ni la civilización la evitaron en el pasado, pues si fuera el caso que la violencia se pudiera arrancar de raíz, ya habría desaparecido. Pero precisamente porque nuestra sociedad en la reciente historia ha superado una etapa inquisitorial, poco amable, de violencia política exacerbada, de guerra civil, por ello mismo pensaba, ahora comprendo que incautamente, que los actores políticos ya habrían tomado nota. A la vista está que no. Están en otra cosa, que no es lo que deben, y sin deber no hay sino encanallamiento.

Pensaba que las covachas de la historia donde se rumia el rencor amargo como el acíbar fueron tapiadas. Y el odio puro, ese veneno viejo, olvidado. Me he equivocado. Como casi siempre. Imaginaba a estos actores políticos entregados a la racionalización social, dedicados a la construcción de una sociedad libre, transversal, sin dogmatismos, sin superioridad moral de parte. Simplemente embebidos, diligentes para recrear la vida buena para la gente. Pero, como siempre, me he equivocado.

Así pues, no descarto que existe un odio, un resentimiento debido a conflictos existenciales, o por acontecimientos que, por su naturaleza, afecta a las personas, y de un modo tal que las altera y desajusta profundamente de la realidad. Y no descarto, que, a veces, de su efecto nace un resentimiento más o menos enfermizo. Ni tampoco descarto que existe un odio creado, un resentimiento desarrollado artificialmente.

Por una filosofía política de rencor y venganza. Un tipo de odio, de resentimiento que empoza lo vivido, que acaricia como un avaro sus monedas. Un odio que tiñe de mezquindad hasta lo inefablemente hermoso. Pensaba que entrábamos en una edad dorada de una política sin odio ni resentimiento, pero, sin duda, como siempre me he equivocado. Me equivoco sin duda, porque los actores políticos actúan compulsivamente, como si todavía humearan las armas, como si las tuvieran en las manos, como si las acabaran de disparar a la cara del enemigo.

ANTONIO PERDOMO BETANCOR

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