EL VIEJO REY Y SUS MONEDAS

El rey que vio su cara en las monedas y creyó que eran suyas

“Arregla lo que no funciona; líbrate de lo que hace que no funcione todo lo demás”.

BENJAMIN PRADO
Benjamín Prado

Vivimos en un mundo paradójico, donde los ricos roban a los pobres y los números tienen ideología, han dejado de ser una ciencia exacta para convertirse en un asunto político. Sólo así se puede entender la defensa cerrada que algunas personas hacen del rey emérito Juan Carlos I, por el que sacan la espada mientras él ve por televisión desde su hotel de Abu Dabi, donde no se sabe si está exiliado o de vacaciones, cómo ondean las banderas y el regalo envenenado que le dejó a su hijo Felipe VI junto al trono se va poniendo más feo cuantos más envoltorios se le quitan: había una caja dentro de otras cada vez más pequeñas, y quién sabe si la última estará vacía.

Como, al parecer, los números son monárquicos y de derechas, hay quienes no ven nada irregular en su conducta y apelan a su presunta inocencia, difícil de mantener ahora que ha aceptado que escamoteó a Hacienda unas ganancias que le han llevado a pagar casi setecientos mil euros por ingresos no declarados. Pero esa es la punta del iceberg y haciendo un par de cálculos se puede entender sin ningún esfuerzo. Su fortuna se estima en dos mil millones de euros, así la valoran Forbes o The New York Times, y, de cualquier manera, es tan rico que se puede permitir el lujo de «regalar» sesenta y cinco millones a su amante Corinna. ¿Y todo se arregla y salda regularizando 500.000? Ni los más férreos cortesanos han sido capaces de justificar ese movimiento.

Un rey inmoral

¿Seguimos con las operaciones? Su etapa en el palacio de La Zarzuela se extendió desde 1975 hasta 2014 y ganaba alrededor de 300.000 € de dinero público por ejercicio, que multiplicados por treinta y nueve años da once millones setecientos mil. Aunque en todo ese tiempo no hubiese gastado una sola de las monedas en las que estaba acuñada su cara como jefe del Estado, ¿de dónde salieron, entonces, los otros mil novecientos ochenta y ocho y pico? Son preguntas que no se van a responder desde la sumisión, que consiste en bajar la vista al suelo o, como mínimo, en mirar para otra parte.

Habrá quien diga que no tiene esa fortuna, pero aunque se le quitasen algunas cantidades, la pregunta no cambiaría: ¿cómo regalas sesenta y cinco millones, algo que ya está probado, si tienes menos de doce? Las ruedas de la Justicia se han puesto en marcha y, cuando eso ocurre, son difíciles de parar. La fiscalía ya ha puesto su lupa sobre algunas entidades de México y Gran Bretaña. No existe una caja fuerte que no se pueda abrir.

Tras heredar la corona, en junio de 2014, Felipe VI otorgó a su padre una asignación de algo más de ciento noventa y cuatro mil euros. El sueldo del presidente del Gobierno será en 2021 de ochenta y cinco mil seiscientos. Este mismo año, decidió retirársela, sin duda alarmado por las noticias que iban sucediéndose acerca de cuentas opacas, paraísos fiscales, indicios de blanqueo o maletines que iban y venían en su mano con casi dos millones de dólares en su interior. También se empezaba a cuestionar en algunos círculos el grado de conocimiento que él mismo tendría de las andanzas de su progenitor y, entre una cosa y otra, era cada vez más notorio el daño que el escándalo le hacía a la propia monarquía y que esta vez ya no podía capearse con cuatro banderazos.

El panorama era cada vez más oscuro. Y entonces, su majestad decidió poner tierra de por medio y marcharse a los Emiratos Árabes, un lugar que conocía como la palma de su mano porque allí había hecho, al parecer, muy buenos negocios en una época en la que a nuestro país le iba mal, hundido por la crisis financiera, y él hablaba gravemente, en sus discursos y mensajes navideños, de valores como la capacidad de sacrificio y la honradez, eso sí, mientras retiraba millones de sus bancos lejanos, por lo general de cien mil en cien mil y, en otros casos, de una sola vez. Los donativos de amistades como el sultán de Baréin eran generosos, y las comisiones de las que se habla, por ejemplo derivadas de la construcción del AVE a La Meca, suculentas.

Ahora la factura de su refugio en el paraíso es también cara, y sólo su seguridad, a cargo del Estado, se estima en unos cincuenta y cinco mil euros al mes, aunque en ese territorio el secretismo oficial es absoluto y la misma prensa que, con todo su derecho, exige transparencia al Gobierno en otros asuntos, aquí no dice esta boca es mía. En resumen, da la impresión de que la cortina de silencio que durante cuatro décadas se echó sobre cualquier tema relacionado con la Casa Real y el prestigio incontestable con que se adornaba la figura histórica de Juan Carlos I, aún les parecen útiles y deseables a quienes lo ensalzan por encima de sus errores y pretenden que siga siendo intocable como antes era inviolable o, más aún, irresponsable de sus actos ante la ley. ¿No sería más sensato pensar que, aparte de su propia condición, el haber disfrutado de esos privilegios lo animó a considerarse impune, hiciera lo que hiciese? Quizá eso es lo que habría que cambiar. Como mínimo.

BENJAMÍN PRADO

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