EL PERINQUÉ: LA SECTA

Las gotas de lluvia se alongaron, fisgonas y atrevidas, a la ventana de un bar de barrio. Se habían enterado que esa mañana se juntaba alrededor de su fogón un grupo de humanos que en el pueblo se conocían por los sectarios. Un colectivo cuyo único pecado sería pensar libremente, escribir cuentos, medir poesías, afinar tonos, tocar guitarras, tejer melodías, rasgar timples, compartir un ratito de tiempo…
Y pensar libremente.
A las gotas de lluvia les llegó noticia la semana antes de la susodicha reunión y montaron la mundial de la chismografía. Lo dejaron caer. Lo contaron al hombre del tiempo, a las cadenas nacionales, a los noticieros, a las redes sociales, a los comercios y a las últimas tiendas de aceite y vinagre.
Y fue tal el cúmulo del chisme que hasta yo me acerqué a ver. Y bien que sí. Que ví.
Allí estaba la cascada del Iguazú cayendo del puente, el Amazonas atravesando la carretera, el Niágara deslizando por la ventana, las granizadas de Dakota cubriendo los árboles y las nevadas del Canadá unos metros más allá. El Roque Nublo asustado y el Teide sacando punta. Todo eso yo lo vi.
Pero no vi la secta de la que chismeaban las gotas de lluvia indiscretas.
En aquel cálido bar, solo vi gente corriente.
Gente que llama a la gente con una sonrisa que simpatiza. Un apretón de manos. Vivencias. Unos que hablan más alto que otros y esos otros aprovechan para pensar. Recuerdos. Un intercambio de sensaciones. Un fluir de emociones. Un repaso de la historia. Una conversación.
Las gotas de lluvia esperaban ver rituales, alongadas, chismosas, pegadas a la ventana. Querían ver velas, incienso, calderos, pentáculos, athames, cuchillos y varitas, representando elementos de propósitos y protección contra todo maleficio, que Valsequillo, algo esto cultiva. O quizás pensaban que era Noche de Brujas. Pero el solsticio es de invierno.
_Tongo!!!, Tongo!!!_ se oyó berrear al viento y Emilia, el temporal, rompió a llorar.
Y la gente lo llamó: «Lluvia bendita».
REYES BOLAÑOS






