EL CAMIÓN Y EL ACCIDENTE DEL CURA

Feli Santana

Estos hechos reales y curiosos me los contó hace algún tiempo, Juan Rocha en el entierro de su mujer. Otilia Monzón, madrina mía de bautizo, por la gracia y afecto de la amistad de dos personajes. A ellos se les homenajeó en el II Cuéntame Historias sobre ruedas, un evento clásico del motor, en cuyo cartel aparecen los dos amigos apoyados en el camión de los plátanos: Juan Rocha y Felipe Torres; mi padre. ¡Un gran tipo!

En los años 40, la juventud de estas benditas islas vivía bajo el sopor de los ecos de la Guerra. Había que sobrevivir al 36. A la hambruna del desabastecimiento y a la autarquía implícita. Eran años de transición y pronto la vida se ordenaba lentamente en la recuperación social y la rápida industrialización de los 50/60.

Juan Rocha era un chaval de 19 años de los Caserones Bajos. Cerca de Cendro, en las laderas del barranco Real de Telde, donde hizo amistad infinita con el amigo Felipe Torres, de Altozano. Barrio de San Francisco, allí frente la sociedad de bailes, en plena efervescencia del barrio artesano.

Y fue tal su amistad que en las tiendas y bares de Telde, al verlos juntos a todas partes y con una diferencia notable de altura  les apodaron «15 céntimos», de los cuales el reparto correspondía en cuantía a su tamaño. 10 céntimos Juan, un tipo alto, flaco y espigado. Y naturalmente los 5 céntimos se los llevaba Felipe, pequeño, valiente y simpático.

Evidentemente, las noches de botellines, gallera, fútbol y luchadas unió para siempre el simpático apodo de juventudes obreras y así anduvieron juntos hasta más allá del casorio de ambos, hasta que Felipe murió con 33 años, de peritonitis aguda, mientras Juan cazaba perdices, abajo en las Camellitas, Arguineguín.

Años antes, en el callejón del Castillo, pista que baja de Telde a Melenara, por los Picachos, fueron protagonistas de un curioso acierto en disputa… El camión Reus aparcaba pegado a la pared que separaba los vergeles amurallados de plataneras. Y mientras Felipe acarreaba los racimos y los ponía en el portón abierto, Juan los envolvía en mantas y colocaba la carga dentro.

En uno de los viajes, Felipe se cabrea con Juan porque ponía muchas mantas en el portón, haciendo esforzar mucho para subir los racimos, recuerden la altura de este. Y mientras esto sucedía, quejas y demandas, asomó lanzado el cura de San Gregorio con la vespa de los recados. Al intentar adelantar el camión, vio llegar la «Guagua» de Melenara, que tapaba todo el hueco del paso.

Bloqueo los frenos, derrapó y se fue contra la trasera del camión, estampándose contra la rueda de repuesto, y salió despedido fuertemente contra el portón del camión. En su vuelo mandó la cabeza, sin casco (porque aún no se usaban), contra la compuerta, fue amortiguado por la tonga de mantas allí puestas por Juan Rocha…

Fue tal el susto del párroco que miró al cielo, se hizo la señal de la cruz y dijo en voz alta. ¡Milagro! Gracias a Dios, no me pasó nada.

¡Gracias a Dios!, repitió Felipe desahogando el enfado anterior con el amigo… ¡Gracias a las mantas entongadas que me tiene cabreado Juan. No me fastidies padre, con el milagro!…

FELI SANTANA