¿VACA DEL PAÍS O TORO SUIZO?

Quienes hayan tenido algún vínculo con el agro canario o simplemente un mínimo de información acerca del terreno que pisoteamos y maltratamos a partes iguales inmisericordemente, convendrá conmigo que aquí se han introducido animales y plantas y otras porquerías habidas y por haber de medio mundo. Tal vez, por nuestras necesidades congénitas: escasez de recursos, de materias primas etc. etc. O quizás por nuestra situación geográfica, llegadas y salidas de todo quisque viviente. O mayormente por nuestro desarrollismo exprés de cemento y playa que, queriéndolo o no, nos han impuesto la cultura o la inercia del todo vale o barra libre carajo, que son tres días, porque lo que nos interesa a fin de cuentas y al precio que sea, es que vengan cuanta más gente mejor, eso sí, que traigan pasta gansa, ya que pobres y pobreza tenemos hasta para exportar si quisiéramos.
En cualquier caso y como bien dice el refranero popular, de aquellos polvos aparecen estos barros o lodos para los bilingües y como muestra ahí tenemos las ardillas en Fuerteventura o las culebras californianas aquí en Gran Canaria, que no habrá Dios que las controle al menos que surja un milagro, por no hablar del tema de las plantas y de sus desastrosas e interminables plagas, que esa es otra ya para otro día.
En resumidas cuentas, que, si continuamos así, mirando para otro lado y no se toman medidas mínimamente serias esto va camino de convertirse en una prolongación en pequeño de la sabana africana o del desierto del Sáhara que es lo más probable. La buena noticia o el consuelo de tontos, es que aparte de estos bichos y plantas indeseables, también han llegado a las islas (todo no iba a ser malo) otros animales más necesarios y mejor mirados, caso de las vacas suizas que se trajeron para reforzar y mejorar nuestra, de por sí, raquítica y paupérrima cabaña bovina o vacuna. Y cuadró, ya que según nuestros abuelos fue todo un acierto, porque se trataba y se trata de un animal muy noble y muy adaptable como suelen ser casi todas las vacas y más rentable en cuanto a cantidad que no a calidad, porque como ellos mismos decían o al menos los más socarrones, la leche, aunque sea de machanga, no deja de ser leche. Y dicho lo cual, nos vamos a lo nuestro, que el tiempo y el espacio apremia.
Allá por los años sesenta, setenta del pasado siglo cuando acaeció esta anécdota había aquí en Tenteniguada tantas tiendas y cafetines un poco menos, como viviendas normales, solamente en el Rincón y Almendrillo había entre cuatro y cinco tiendas y una de ellas era la de Lolita la de Rosita, donde se encontraba no tan casualmente nuestro protagonista la tarde-noche de los hechos, seguramente había otros parroquianos pero como no lo sabemos lo dejaremos así. Lo que sí sabemos es que nuestros hombres andaban echándose unos rones y charlando de esta vida, de la otra y de las de más allá. Uno de ellos se llamaba Juan Benítez y el otro Diego Galván y ambos tenían hijos, unos pequeños y otros no tanto y entre estos dos, empezaban como decíamos antiguamente, a mirar para el cañizo, o sea, que andaban en esa edad media asimploná del pavo o de los primeros enamoramientos. Y ese era el caso de Eloísa hija de Juan y de Chano hijo de Diego respectivamente.
Juan, mejor imposible, mejor hubiera sido echarlo a perder, trabajador, cabal, honesto, bla, bla, bla. Pero cuando tenía algunas copas de más se transformaba, se volvía plasta y reiterativo y, a veces, un tanto pendenciero. Podíamos disculparlo y lo hacemos, diciendo que no era ni mejor ni peor que el resto de los mortales que tenemos por costumbre o mal hábito social mojar el pico de vez en cuando, pero este sojodido se las traía en latas. ¡Qué se le va a hacer! Ya lo dijo el marqués de las cebollas de Lanzarote: no somos perfectos.
Los dos sabían por sus mujeres, (las madres tienen una sensibilidad y un olfato especial para estas cosas del querer, pero sobre todo son únicas para lo del arrejuntamiento del rebaño, si ven futuro en el negocio claro), vamos, que ellos tenían conocimiento de que sus vástagos andaban rondándose, pero sin darle mayor importancia al asunto, o al menos Diego, porque a fin de cuentas todos hemos sido joven alguna vez y la prudencia y la discreción, que sepamos, nunca ha sido mala consejera y en algunos casos hasta nos ha ahorrado algún disgusto que otro, pero esto lo aprendemos con los años.
En todo caso sabemos más o menos como empiezan estos escarceos amorosos, que, saltando escenarios y tiempos con inevitables modas, todos tienen el mismo o parecido denominador común. Una miradita a la salida de misa o procesión si tienes hábitos religiosos. Si había cine procurabas sentarte cerca de ella para compartir gracias, drama o un simple ¡ño!, por cualquier heroicidad o fantasmada que acometiera el protagonista o muchacho de la película. Si tenías pastillas en los bolsillos, que era lo habitual, hacíamos una invitación extensiva para ver si ella picaba y de paso rozarle la mano. O si estaba en el paseo enganchada a la casi siempre antipática compañera, tratabas de pasar a su altura para ver si te miraba y sonreía.
Galanteo, estrategias, rituales, cortejo, seducción, amor… ¡Qué hermosos e ingenuos tiempos aquellos supuesto lector, si los hubiera o hubiese!
Pero rebobinemos y digamos que por los motivos que fueran, los padres de estos aprendices de Romeo y Julieta sabían que sus adorados guayetes andaban rondándose y arrullándose como palomas o palomos buchudos en pleno celo. Y aquella tarde-noche de charla y copas salió a relucir la cuestión.
-Hombre Diego, que me he enterado que tu hijo Chano está dándole algunos tesos y carrerilas a mi hija.
-Por lo que me ha contado mi mujer, eso parece Juan. Cosas de juventud supongo.
Contestó Diego un tanto desganado y como quitándole hierro a la cosa y para que no se le notara la incomodidad que supone para los padres tener que hablar de los amores o vida sentimental de sus hijos. Probablemente sea porque nos recuerda o nos refresca nuestras propias tonterías y gillipolleces juveniles, puede ser.
-Mi hija es muy buena chica -afirmó Juan que empezaba a trabársele la lengua de pastosa por el uso y por el alcohol.
-Nadie lo duda, la conozco desde que nació -convino Diego, que no veía la dichosa hora de que su amigo cambiase de tercio y de matraquilla.
-Lolita, ponga otra ronda por aquí, a ver en qué para todo esto -mandó despachar Diego.
Mientras Juan seguía en sus trece, con su eterna retahíla.
-Mi hija es una mujer de casa, es muy trabajadora y muy interesada. Mi hija es un bicho de la tierra –continuaba este con su monótona cantinela de bebedor majadero.
Diego, agotado un tanto por la hora y un mucho por la provocancia de su compañero apuró la copa y a punto de coger la puerta y trasponer para su casa, le espetó casi desde el umbral de la misma.
-No jeringues más Juan, te has pasado toda la jodida noche erre que erre con el mismo guineo. Sabes que te digo, que si tu hija es un bicho de la tierra o del país, que ya me da lo mismo, mi hijo es un semental suizo.
Y salieron de la tienda uno detrás del otro, a la intemperie, a la oscura noche rinconera (del Rincón). Juan a las Cuevas y Diego al Guindo, balanceándose como barquillos sin vela ni timón en plena marejada. Tenteniguada, agosto de 2025
