NOCHE DE SUELTA DEL PERRO MALDITO

Mi abuela tenía fechas sagradas y otras maldecidas en el calendario anual, y a todas ellas les debía especial recogimiento y devoción.
Las sagradas formaban parte del ritual de la muerte y pasión de la Semana Santa. Los sermones sonaban por la radio y nadie levantaba la voz en casa. Había un respeto casi litúrgico por aquellos días.
La fecha maldecida era otra, la víspera de San Miguel.
Aquella noche llegaba el cerote.
Mi abuela se atrancaba en la cueva desde la caída de la tarde y prohibía encarecidamente salir de casa o andar divagando por los caminos. El Perro Maldito estaba suelto y aquellos miedos heredados se convertían en malos presagios, alimentados por cuentos de antaño que pasaban de generación en generación, dentro de esa hermandad de la ignorancia que encontraba explicación a lo desconocido sembrando temor.
Valsequillo fue construyendo alrededor de su santoral la imagen de un San Miguel sometiendo al demonio a sus pies, convertido en perro y símbolo de la maldad.
La rumorología hizo el resto.
Aquella noche el mal no descansaba. Andaba libre, sin permiso, metiéndose en situaciones incomprensibles, y lo mejor era permanecer bajo techo hasta que amaneciera. Las tentaciones, decían, eran malas consejeras en vísperas del patrón.
Pero un día la juventud decidió darle la vuelta al miedo.
Y el pueblo abrió las puertas.
La cultura popular convirtió aquella vieja superstición en una enorme representación de teatro de calle. Cientos de actores aficionados, vecinos, voluntarios, músicos y creadores fueron levantando una noche mágica hasta transformarla en uno de los acontecimientos sociales más singulares de Valsequillo.
El Diablo vive. Se regodea entre nosotros.
Se alimenta de la ignorancia, del deseo, de la injusticia, de la avaricia y de todas esas debilidades que seguimos arrastrando, aunque hayan cambiado los tiempos.
Y en la noche de San Miguel anda libre como perro sin dueño.
Este año, además, más perruno que nunca.
Bajo el hechizo de una luna de otoño aparecieron cuarenta perros en escena, una jauría levantada para representar cuatro décadas de maldades, tentaciones y miserias humanas desde que aquella representación comenzara a ocupar las calles del pueblo.
La noche ya no tiene nada de aquel miedo silencioso de mi abuela.
Ahora es multitudinaria.
La tecnología también llegó al infierno. Pantallas, teléfonos y redes sociales transmiten inmediatamente lo que sucede, acercando la representación a miles de miradas. Lo que comenzó como una actividad espontánea de teatro popular terminó convirtiéndose en una referencia de masas.
Pero la esencia permanece, apagar las luces del pueblo, dejar las calles en tinieblas.
Y permitir durante unos minutos que Satanás haga de las suyas.
La noche continuó aireada, refrescante y luminosa. Después de aquel juego con las sombras, el cielo volvió a romperse sobre Valsequillo con otra de las grandes ceremonias de San Miguel: los fuegos artificiales.
La pólvora comenzó a dibujar garabatos sobre la oscuridad.
Palmeras de fuego. Estrellas. Rizos encendidos que silbaban en la noche del Perro.
Las tracas golpeaban los rincones y hacían aullar a los otros perros, los de verdad, mientras el cielo se llenaba de colores y las miradas permanecían clavadas hacia arriba.
El eco del barranco de San Miguel multiplicaba cada explosión.
Por momentos parecía despertar antiguos soldados de otra época, vigilantes imaginarios de un territorio que seguía defendiendo su particular Almogaren. Los tambores golpeaban nuevamente las conciencias y encendían las miradas del público.
Desde el circo montañoso de El Piquillo, Los Alfaques, los riscos de Tenteniguada o Lomo de la Vega, parecían asomarse otros ojos a la fiesta.
Lechuzas. Guirres. Gatos negros.
Criaturas nocturnas negándose al descanso para escudriñar, un año más, aquel pueblo de Valsequillo entregado a sus demonios.
Y abajo, entre calles oscurecidas, tambores, ladridos, pólvora y fuego, el Diablo volvía a hacer de las suyas.
Mi abuela seguramente no habría salido de casa.
Habría cerrado bien la puerta se habría santiguado. Y probablemente nos habría mandado callar.
Nosotros, en cambio, hemos aprendido a salir a la calle para representar aquellos miedos, reírnos de ellos y convertirlos en cultura.
Quizá esa sea la verdadera evolución de esta historia, antes temíamos que soltaran al Perro Maldito.
Ahora esperamos cada año que vuelva a salir.
Feli Santana
