NOTICIAS LOCALES

JUAN CALOS TACORONTE. ECOS DE INFANCIA, TRADICIONES DEL SUR

—Este muchacho es un libro abierto —concluíamos al terminar la actuación.

Esta noche, en el Teatro Jacinto Suárez de Valsequillo, Juan Carlos Tacoronte nos regaló una de esas veladas donde uno comprende que la memoria también puede convertirse en arte escénico.

Prodigio narrativo y memorialista, sus profundas raíces en la tierra han elevado la retentiva de una infancia que veneraba la escuela de la vida, observaba los avatares de las costumbres y convertía su propio espacio geográfico en pupitre de una escuela universal.

Escudriñaba en el patio de la bisabuela los corrillos de las tertulias, los gestos, la mímica, las palabras y aquellas gloriosas reseñas tradicionales que iban pasando de boca en boca sin necesidad de escribirse en ninguna parte.

No fue un chiquillo cualquiera.

Fue un niño sensible, con esa naturaleza indagatoria que cuestionaba mañas, observaba a los mayores y aprendía de su sabiduría. En aquella obsesión por entender lo que tenía alrededor interpretaba los tiempos que vivía, los soñaba y se arregostaba a mirar el firmamento buscando respuestas.

Aquellos pagos del Sur de Tenerife —Buzanada, San Miguel, Vilaflor— eran entonces barrancos, caminos reales, lomos y pueblos separados por distancias que hoy parecen imposibles. Caminos por donde trotaba la vida y guachinches de chochos, vino y moscas donde se arreglaba medio mundo alrededor de una mesa.

Arriba, en las medianías donde la vida llegaba con dificultad, primero eran las bestias.

Subían pescado en cestas de mimbre y se anunciaban tocando el bucio mientras se acercaban a los patios de las casas. Hasta las moscas debían llegar mareadas después de tanta curva, fustigadas a rebenquazos con el rabo de las mulas.

Y allí, en el patio, se contaba la vida.

Se bordaba y se jablantiniaba mientras las flores rebosaban en bacinillas y calderos viejos, convirtiendo las paredes y altillos de las casas canarias en una especie de ferretería floral donde cualquier cacharro servía para plantar vida.

Allí se descamisaban las piñas, se pasaban los higos al sol y se recogían los tunos caldeados. Y cuando finalmente llegaban las lluvias, después de tanto secano, aparecía aquella expresión sencilla que contenía toda una filosofía:

—Dito sea Dios… ahora que no tengo el cacho de tierra arrendado.

Porque también de las desgracias se hacía humor.

Las penurias se atajaban con pamelas al sol y zafras al viento; las vergüenzas se escondían detrás de pañuelos negros y los chismes corrían de casa en casa buscando ecos de sociedad, pecados ajenos y sentimientos de culpa.

Y aparecía entonces Fillo, el del taxi pirata, que consiguió levantar una casa de tres plantas con un balcón al que no se asomaban ni las barandillas.

En “la Rubia”, aquella joya mecánica, viajaron todas las clases sociales y todas las ironías del destino.

Santa Cruz quedaba lejísimos.

Siete horas de camino.

Y antes de alcanzar el piche todavía había que andar un buen rato. Por eso las raleras de gofio y vino formaban parte de los primeros entrenamientos de supervivencia. Había que preparar el cuerpo para llegar y, sobre todo, para regresar.

Pero, como en la vida misma, también aparecía la muerte.

El camino real se convertía entonces en el Gólgota de la infancia. Estaba el cerote que imponían aquellos muertos para los que se alquilaban cajas comunitarias y estaban también quienes compraban la suya en vida, casi como quien termina de pagar un piso, convencidos quizás de que al otro mundo convenía viajar con alguna comodidad.

Y de la muerte, cómo no, también terminó naciendo el humor.

Escuchando a Juan Carlos recordé inmediatamente otra historia que me contó Miguelito Ramírez, de La Barranquera de Telde, uno de aquellos cuentos octogenarios que parecen escritos por la propia realidad.

Miguelito tenía un Ford Prefect, matrícula de quince mil y pico, y trabajaba por el Sur de Gran Canaria haciendo sus particulares servicios.

Un día le llegó un mandado urgente desde Arguineguín.

A un hombre se le había muerto el cuñado y no encontraba una caja para enterrarlo. Le rogaba encarecidamente que consiguiera una y se la llevara cuanto antes.

Después de mucho debate, Miguelito, que era buena persona y pirata de los buenos, encontró la caja, la amarró atravesada en el portaequipajes exterior y la sujetó como pudo a los guardabarros.

Para situarnos, aquel coche era poco más grande que el sedán de Harry Potter.

Y allá marchó Miguelito carretera vieja abajo, dispuesto a cumplir aquel mandado bondadoso con una caja de muerto colgada detrás.

A la altura del Castillo del Romeral lo paró la Guardia Civil de Tráfico.

El agente dio varias vueltas alrededor de semejante carroza mortuoria mientras Miguelito esperaba cabizbajo la dolorosa.

Finalmente se acercó:

—¿Pero es que no hay coches fúnebres ni transportes para llevar esa caja?

Miguelito puso aquella cara de bueno que utilizaba cuando la cosa venía torcida.

—Mire usted, perdone, pero me llamó un señor de Arguineguín. Se le murió el cuñado, lleva tres días esperando por una caja y ya está dando mal olor…

Y se quedó callado.

El guardia volvió a mirarlo, respiró profundamente y terminó sentenciando:

—Mira, Miguel, ya está bien de cuentos. Por esta vez te voy a dejar pasar… pero, por el amor de Dios, baja la música de corridos mexicanos que llevas puesta en la radio, por respeto al muerto, hombre.

Eso no lo escribe nadie, eso solamente puede ocurrir. Y precisamente de esa materia está hecho el universo de Juan Carlos Tacoronte.

Nos trajo cuentos de infancia de hace cincuenta años o más. Nos regaló artes escénicas, poesía y recuerdos con mensajes escondidos. Los embadurnó con esa simplonería canaria que de simple no tiene absolutamente nada y los untó de perfumes antiguos, espolvoreados con naftalina.

Los endulzó con olor a merengue de milhojas viajando en cestas por los barrancos.

Los llenó de estrellas del firmamento. Los acompañó con jaulas de pájaros cantando nanas.

Los diagnosticó dentro de botellas precintadas de excrementos. Los hizo frenar con “la Rubia”.

Los mezcló con la filosofía de la muerte y de la vida. ¡Los aclaró con sorbitos de agua.

Y hasta consiguió despertar a la muerte con una dentadura imposible que parecía llegada del Vietnam.

Todo cabía: El hambre, la risa, la pobreza, los muertos, los animales, los caminos, las papas al fuego.

Y esa imaginación extraordinaria de nuestros mayores para convertir la necesidad en ocurrencia y la tragedia en cuento.

Mientras tanto, en el escenario de Valsequillo, las carcajadas de un público completamente entregado acompañaban a aquel capitán sureño de mirada elegante que iba soltando barcos de papel cargados de recuerdos para ponerlos a navegar entre las islas.

Juan Carlos Tacoronte no vino solamente a contar cuentos.

Vino a devolvernos una manera de mirar.

La de aquellos niños que escuchaban detrás de una puerta.

La de los patios donde hablaban los mayores.

La de las historias que nadie escribía porque todos creían que iban a durar para siempre.

Y al final uno sale del teatro pensando que quizá esos relatos sean mucho más importantes de lo que parecen.

Porque cuando desaparezca la última persona capaz de recordar cómo sonaba un bucio detrás de una mula cargada de pescado, cómo viajaban los merengues dentro de una cesta o cómo un taxi pirata atravesaba media isla con una caja de muerto y corridos mexicanos en la radio, habremos perdido bastante más que una anécdota.

Habremos perdido una manera de entendernos.

Esta noche, por fortuna, ocurrió justamente lo contrario.

Fue una noche sellada de entusiasmo en el firmamento de los grandes cuentistas de Canarias.

Feli Santana

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