OPINIÓN

CRÓNICAS DE VALSORRILLO

Crónicas de la Muy Noble Villa de Valsorrillo: donde los ángeles también toman café

Cuentan los viejos del lugar que, allá por la Muy Noble Villa de Valsorrillo, existía una extraña costumbre. No venía escrita en ningún papel, ni la aprobó jamás pleno alguno.

Era de esas normas invisibles que nadie recuerda quién inventó, pero que, mira tú por dónde, al final a todos se les encogía ese sitio donde la espalda pierde su noble nombre y terminaban pasando por el aro, como si la orden bajara del mismísimo Roque labrada en piedra.

En aquel pueblo nunca faltó talento. Había artesanos, músicos, pintores, albañiles, carpinteros, agricultores, diseñadores, empresarios… gente con cabeza, con oficio y con ganas. Gente capaz de sacar agua de las piedras mientras otros todavía andaban buscando el balde. El problema nunca fue la falta de valía. El problema era otro.

Que para algunos, lo de casa solo empezaba a parecer bueno cuando antes había recibido el aplauso de fuera. Y así fueron pasando los años.

Cada mañana había quien se levantaba y arrancaba sin saber cómo terminaría el día. Empresas que mantener, nóminas que pagar, familias que sacar adelante y proyectos empeñados en no morirse por el camino.

No pedían medallas. Ni homenajes. Ni una calle con su nombre. Solo pedían una cosa. Salir a correr la misma carrera… desde la misma línea de salida.

Pero en el viejo caserón donde se despachaban los asuntos importantes vivían unos personajes muy curiosos. Llevaban tanto tiempo sentados en la misma silla que terminaron pensándose que el cargo le venía en el lote con las escrituras. Poco a poco, lo que debía ser un servicio público empezó a parecerse más a una finca privada.

Y cuando eso pasa…empiezan los «ustedes pasen», los «ya te llamaremos», los «déjamelo mirar» y los » ya sabes como va la cosa».

A unos se les abre la puerta antes incluso de tocar. Otros se quedan en el zaguán. No por lo que saben hacer. Sino por quiénes son. Por con quién almuerzan o toman café. O por desde cuándo forman parte del paisaje. No hacía falta mala intención. Con la costumbre ya era suficiente.

Porque la rutina tiene una habilidad peligrosa, consigue que las preferencias personales acaben disfrazadas de decisiones técnicas. Y casi sin darse cuenta nadie, lo profesional empieza a mezclarse con lo personal hasta que la báscula deja de pesar igual para todos.

Y era entonces cuando, según contaban los cronistas de Valsorrillo, aparecían aquellos famosos Angeles. No eran los del cielo. Eran otros. Ángeles muy educados. Muy discretos. De esos que parecen nunca levantan la voz. De esos que pueden incluso cuestionar a quien les cuestiona.

Sobrevolaban los despachos con una taza de café en una mano y una opinión en la otra. Nadie podía decir que decidieran por nadie, faltaría más… Pero tenían la rara virtud de aparecer siempre cerca de quien acababa tomando la decisión. Susurraban poco, pero lo justo. Y casi siempre al mismo oído.

Ya se sabe… cuando los ángeles de la costumbre pasan demasiado tiempo revoloteando por los pasillos, la imparcialidad acaba cogiendo vacaciones. Después llegan responsables nuevos con ganas de cambiar las cosas. O eso dicen.

Pero el barranco lleva tantos años corriendo por el mismo cauce que cuesta más mover una piedra que inaugurar una rotonda. Y entonces aparece el de siempre. Ese que lleva allí media vida. El que conoce todos los pasillos, todas las puertas y hasta donde cruje el suelo. Y con una tranquilidad admirable sentencia, Déjalo… que esto siempre se ha hecho así.  Y asunto resuelto. Porque cambiar exige esfuerzo. Seguir igual apenas requiere memoria.

Y uno termina preguntándose si gobernar consiste en administrar inercias…simpatías…  y cafés… o en tener el valor de revisar de vez en cuando dónde aprieta el zapato.

En Valsorrillo existía otra afición muy nuestra. Cada vez que alguien proponía mirar primero lo que había en casa, aparecía el sabio de guardia. Eso de fuera es mejor. ¿Sí?, Sí. ¿Y por qué? Silencio. Bueno… porque… Y ahí terminaba toda la evaluación técnica.

Lo curioso era que cuando el de casa cruzaba la cumbre, triunfaba lejos y volvía con un premio debajo del brazo, entonces cambiaba la cosa. Entonces sí. Entonces era un orgullo del pueblo. Entonces todos decían que siempre habían confiado en él.

Aquí tenemos una habilidad extraordinaria para descubrir el oro… justo cuando ya viene certificado desde afuera.

Nadie está diciendo que haya que elegir siempre al de casa. Eso sería tan injusto como no contar nunca con él. Lo sensato es comparar. Escuchar. Pedir propuestas. Valorar calidad, experiencia, creatividad, compromiso… y también el precio.

Pero que todos jueguen el mismo partido. Y que el árbitro no conozca de antemano el resultado. Porque el talento de la tierra no pide privilegios. Pide oportunidades.

Y conviene no olvidar una cosa. Cada proyecto que se queda en el pueblo deja riqueza en el pueblo. Cada empresa que trabaja aquí mantiene familias de aquí. Cada euro que circula por las manos de la gente de la tierra acaba dando otra vuelta por la plaza.

Eso no es romanticismo. Eso es economía de la buena en todos los sentidos.

Quizá la grandeza de un pueblo no se mida por los discursos que dedica a su gente en las fiestas patronales, que también. Quizá se mida por las oportunidades que le da el resto del año. Porque hay pueblos que presumen muchísimo de su gente…pero solo empiezan a creer en ella cuando alguien de afuera les pone un sello, una medalla o un titular. Y eso ya no parece una tradición. Eso tiene toda la pinta de haberse convertido en costumbre.

Pero, en fin… No los voy a cansar, esta no deja de ser una vieja crónica de la Muy Noble Villa de Valsorrillo.  Y quien les cuenta estas viejas crónicas no habla solo de oídas. Alguna vez le tocó andar por los alrededores de ese viejo caserón, lo bastante como para saber que, muchas veces, hacen más fuerza las costumbres que las malas intenciones.

Por eso estas letras nacen de la querencia por esta noble Villa. Porque cuando uno quiere de verdad a su pueblo, también le dice, con respeto, dónde cree que le aprieta el zapato.

Con todo y con eso, este cronista sigue pensando que nunca es tarde para abrir una ventana, dejar que corra el aire y enderezar el camino. Porque los pueblos grandes no son los que nunca se equivocan… son los que todavía tienen el buen juicio y la humildad de corregir el paso.

Y como diría el sabio refranero, «los pueblos, igual que las personas, no se definen por los errores que cometen, sino por la valentía que tienen para corregirlos cuando todavía están a tiempo.»

Por último para que quede claro, cualquier parecido con otros pueblos donde el talento, la cultura, la creatividad o las empresas de la tierra tienen primero que hacer las maletas para que las descubran… y luego volver para que las aplaudan…

…será, sin duda, una de esas casualidades que se repiten con tanta frecuencia que hace tiempo dejaron de ser casualidad.

MIGUEL MONZÓN

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