GASTAR EN LO QUE LUCE

Cada vez que se señalan las deficiencias del Estado de las autonomías aparece la misma propuesta: avanzar hacia un Estado federal. Pero, más allá de que sea necesario, quizá el verdadero problema no esté en la arquitectura territorial ni en la relación entre las comunidades y el Estado, sino en la forma de gobernar. Ninguna reforma institucional corregirá por sí sola el cortoplacismo de unas administraciones que encuentran más rentable gastar en aquello que luce que invertir en aquello que sostiene los servicios públicos.
Las comunidades compiten por capitalidades, sedes deportivas, festivales, espectáculos y grandes acontecimientos, mientras reclaman al Estado más recursos para la sanidad, la educación, la dependencia o las emergencias. No se trata de negar el valor de la cultura o las fiestas populares, sino de advertir de una peligrosa inversión de prioridades: el autogobierno se reivindica para inaugurar y se difumina cuando toca asumir el coste de los servicios esenciales. Entonces el Estado central vuelve a aparecer como financiador, aseguradora y último responsable.
Ocurrió con la dependencia. Cuando el Estado incrementó su aportación, varias comunidades redujeron la suya, de modo que parte del dinero adicional no sirvió para reforzar el sistema, sino para sustituir la parte autonómica. Y algo parecido se percibe en los incendios. La prevención y la primera respuesta corresponden a las comunidades, pero demasiadas llegan al verano con plantillas insuficientes, medios precarios y montes mal gestionados, para solicitar después aviones, brigadas estatales o la intervención de la UME. Pedir ayuda ante una emergencia extraordinaria es lógico; convertirla en parte habitual de la planificación revela otra cosa.
No es un problema exclusivo de una ideología ni de unas determinadas comunidades. Es una forma demasiado extendida de hacer política: apropiarse del éxito y compartir la responsabilidad del fracaso. España puede reformar su modelo territorial e incluso avanzar hacia una federación, pero ninguna fórmula funcionará sin corresponsabilidad, planificación y rendición de cuentas. De lo contrario, cambiaremos el nombre del sistema sin corregir su defecto principal: autonomía para salir en la foto y Estado para apagar los fuegos.
LUISA DEL ROSARIO GONZÁLEZ

