BODA EN CASA DE LOS REDONDOS, AÑOS 40

El tiempo es el único juez que marca el devenir de la vida, y recordar sus avatares es siempre motivo de alegría, sobre todo cuando pensamos en el cambio tan radical que ha experimentado la sociedad desde la época de nuestros abuelos y bisabuelos hasta hoy.
Valsequillo respiraba entonces como una aldea, y el pulso social se entendía desde una visión lenta, ligada a la supervivencia: labores agrarias y artesanas, arrieros por los caminos, labradores y pastoreo. Aunque la sociedad moderna ya asomaba, este pueblo de medianías seguía anclado a una forma de vida austera, condicionada por la necesidad y sus inevitables desenlaces.
En las planicies de los Llanos de Cuba y a orillas del Barranco de los Mocanes nació la estirpe de los Ortega —Juan Ortega y María Ortega—, primero en cuevas aborígenes que, con el tiempo, fueron acondicionándose. Con la ilusión trabajadora de los hijos, poco a poco se fueron haciendo casas hacia afuera. Jacinto, Benigno, Antonio, Juan, Lola, Pino, Josefa y Fermín.
La familia de los Redondos creció y se expandió, y cada uno fue formando su propia y numerosa familia. En el hogar de Juan y María volvió a repetirse la fortuna de siete hermanos. A medida que las hijas encontraban pareja, era necesario hablar con el cura de Valsequillo y formalizar la boda. Mariquita Ortega acudía con sus cuatro hijas ya comprometidas a la sociedad de Las Vegas, un rancho donde pronto se decidían los casamientos.
En la boda de María, los detalles eran escasos, pero muy curiosos. Uno de los suyos regaló el tinte del traje nupcial; otro se encargó de la puntera de los zapatos, que hubo que llevar al zapatero para el arreglo de rigor. María, ilusionada con la boda, a mitad de camino rumbo a Valsequillo recordó que no se había peinado, así que dio la vuelta hacia los Mocanes para arreglarse un poco el pelo. Todo era tan sencillo y primario antes de los años cincuenta.
Tras la boda y la caminata de regreso al pueblo, con el camino de tierra y apenas doce o quince invitados, se prepararon los agasajos: una palangana de chocolate en la que, de rodillas en la cueva, mojaban el pan. Aquella alegría duraba lo que la sonrisa y la ilusión del momento.
En otro episodio de la vida, Juan Ortega había prestado dinero a Benigno para marcharse a Cuba en los años treinta, con la esperanza de que regresara rico. Pasó el tiempo y, ante la ausencia y la falta de noticias, los hermanos llamaron a un fotógrafo para hacerse una foto familiar y enviársela a Benigno, que los añoraba desde la distancia. En la instantánea todos sonreían, excepto Juan, que se negaba a posar “amulado” porque su hermano no le había devuelto el flete.
—Que me devuelva el flete —repetía.
Benigno nunca volvió, y Juan jamás cobró el préstamo.
Cuando murió la matriarca, se repartieron la tarea de avisar para el funeral:
—Tú vas por aquel barrio, tú por el otro, tú por el rincón, tú por Valsequillo.
Entonces surgió la duda de si, con las explicaciones, reconocerían al muerto. Fue el tío Miguel, el más espabilado y echado palante, quien sentenció:
—Al que pregunte quién es el muerto, usted le dice que es la tía de los Ortega, y punto.
Como si fuera un deber conocer a la familia de los Redondos.
Feli Santana
