LOS REYES DE MI CALLEJÓN

Tal mañana como la de hoy, no voy a decir de hace cuánto para no darles que sentir, andábamos los chiquillos del callejón de La Cruz,,que antes se llamaba Cruz del Tío Alemán, que digo yo que no había necesidad ninguna de cambiarle el nombre.
Decía, que andábamos los chiquillos del callejón de La Cruz del Tio Alemán, como gallinas sin nidal, dislocaos porque venían los Reyes Magos y en vez de estar metidos en la cantonera del estanque o tanque, que también sirve, de La Gañanía, haciéndole herejías a las ranas, cosa por otro lado que nos parecían normales.
Claro que nosotros nos fuimos haciendo grandes y llegamos a entender que hacerle eso a los animalitos, pues, como que no estaba bien y digo yo que aquí en canarias se madura antes o se madura mejor, que aquí por ejemplo, hace muchísimo tiempo que se prohibieron la corridas de toros y ya no les habló de tirar cabras desde los campanarios, que tampoco quiere decir que alguna vez no se nos haya pasado por la cabeza el tirar a alguna cabra en su versión masculina desde el campanario y no se escandalicen que tampoco es tan alto el de la iglesia de Tenteniguada.
Bueno que eso que hablando de cabras pues que se me va el baifo y me despisto de lo que iba a contar.
Que les decía que en vez de andar haciendo animaladas, nos pasábamos toda la mañana alrededor de las faldas, en mi caso, de las de mi madre, haciendo un esfuerzo sobrehumano por portarnos bien, por si por lo que fuera había que recuperar algún déficit en la buena conducta acumulado durante el año, hasta que nuestras madres que al fin y al cabo solo eran cuatro, al final de la calle lindando con el barranco, Pinito Monzón, luego Maruquita Santana, Ángela Monzón, mi madre y mi tía Paca.
Aunque mi casa era una casa muy humilde, como casi todas y como sabía que alguna vez a mis hermanos, los Reyes no le trajeron nada, debe ser que alguna de aquellas noches llovió mucho, o algo, que los Reyes pasaron de largo sin darse cuenta. Yo siempre estuve tranquilo porque estaba completamente seguro que sin Reyes no me quedaba porque a aquellas alturas mi vecina Maruquita tenía la friolera de doce chiquillos y claro una casa con doce chiquillos no se la saltan los Reyes así como así y de camino tampoco se saltaban las de los alrededores.
Lo cierto es que hartas de tenernos molestando por aquellos alrededores, a Maruquita, que por cantidad se hartaba antes, se le ocurrió que lo mejor era mandarnos a arrancar la hierba y barrer el camino porque si no los camellos no pasaban y claro, a nosotros por lo de portarnos bien y por no quedarnos colgados, no nos quedaba otro remedio que ponernos a ello y así se instauró en mi callejón la costumbre de limpiar el camino todos los cinco de Enero.
Luego pasado el tiempo, nos hicimos grandes y dejamos de hacerlo pues llegamos a la conclusión de que si los camellos no podían pasar, también podrían comerse la hierba del camino.
Por suerte, exceptuando a Angela, mi madre, que marchó demasiado joven camino de la fuente pura, Pinito, mi tía Paca y Maruquita, todavía andan trastiando por aquellos alrededores y pendientes de que los Reyes no pasen para abajo sin entrar en el callejón.
Para ellas, larga vida, para todos. Felices Reyes Magos…
Paco el de Angelita…
