PENSAMIENTO DICOTÓMICO

Lo más inquietante del panorama actual, bajo mi criterio, no es solo que estemos rodeados de polarización y de un aberrante culto al más malo, sino que haya gente incapaz de pensar fuera de un tablero de ajedrez infantil. Hemos reducido la política internacional (y nacional) a camisetas de equipo.
Si criticas el imperialismo de Trump por atacar Irán, eres defensor del régimen iraní. Si criticas el régimen iraní, eres trumpista. Si denuncias a Netanyahu, eres antisemita. Y así sucesivamente. Un bucle de consignas que sustituye el pensamiento por reflejos condicionados. Esa pereza, la pereza intelectual, es la verdadera realidad de nuestro tiempo.
El problema no es solo el pensamiento simple, de blancos y negros. Es la comodidad moral. Aceptar lo inaceptable porque lo hace “el mío”. Justificar bombardeos, bloqueos, asedios o brutales injerencias con un “sí, pero…” que siempre termina diluyendo la responsabilidad. Esa es la renuncia más grave: no a una ideología, sino a la coherencia ética.
Si los derechos humanos son universales no pueden tener excepciones geopolíticas. No pueden depender de la bandera, del aliado estratégico o del enemigo histórico. No pueden ser negociables cuando conviene. Si lo son, ya no son derechos, sino propaganda.
Pero claro. Pensar exige incomodarse. Exige criticar al adversario y al propio. Exige no delegar el juicio en un algoritmo ni en el líder de turno. Exige sostener un principio incluso cuando no es rentable en redes.
Y el principio es simple: por encima del poder, por encima de la nación, por encima del cálculo electoral, por encima de todo eso, están las personas. Si eso se pierde, no es que estemos polarizados. Es que estamos moralmente desorientados.
JAVIER FERRERO
