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LLUVIA DE EMOCIONES EN LA NOCHE DE VALSEQUILLO

El veranillo de San Miguel tiene sus cosas. De repente aparece la calima, luego refresca, vuelve el sofoco y el cuerpo anda sometido a unos vaivenes de temperatura que terminan sacudiendo hasta los termómetros. Este septiembre parece avisarnos de que un verano largo puede traernos detrás un invierno esperanzador.

Las fiestas del patrón llegan destiladas de actividad, cumpliendo ese mandato selecto de cultura, música, tradición y liturgias. Y en este goteo continuo de buenos actos van apareciendo los platos de mayor calado social a medida que nos acercamos a las fechas grandes.

Por eso, en esta noche de chiribiri —o calabobos, como queramos llamarlo—, se me antojó bautizarla, desde su propia serenidad, como una lluvia de emociones.

Y no podía haber mejor definición.

La entrega de Honores y Distinciones era un acto esperado, cercano y vibrante. De esos momentos en los que el pueblo se reconoce en la memoria y en la mirada de los suyos. Y cuando un pueblo se reconoce, se emociona. Es un sentimiento de cultivo lento, pero altamente contagioso.

Aquel teatro sencillo y humilde, lleno hasta las trancas, esperaba precisamente eso: una lluvia de emociones que no defraudó a nadie, ni dentro ni fuera del recinto.

Cuando una Corporación incorpora a su orden del día el reconocimiento a los suyos, después de valorar trayectorias, trabajos y vidas enteras, está haciendo algo más que entregar una distinción. Está firmando un compromiso con la memoria del pueblo. Reconociendo a quienes, desde sus profesiones, oficios o tareas sencillas, fueron creando escuela, abriendo caminos, ayudando a los demás y construyendo esa identidad colectiva que termina perteneciendo a todos.

El amplio listado de Hijos Predilectos, Hijos Predilectos a título póstumo, Hijos Adoptivos e Hijos Adoptivos a título póstumo adquiría todavía mayor valor cuando detrás de cada nombre aparecía una vida reconocible, una familia, una profesión y una huella.

Maestros, obispos, sacerdotes, artesanos, emprendedores, carteros, hilanderas, humoristas, empresarios, sepultureros, periodistas, farmacéuticas, entrenadores, enfermeras, académicas…

Un ramillete humano de profesiones y oficios, algunos ilustres y otros profundamente cotidianos, pero todos cercanos.

Detrás de cada reconocimiento había una vida de entrega, constancia, ejemplaridad y servicio. Y quizá ahí estaba lo más hermoso: que entre los nombres distinguidos cada vecino podía reconocer al maestro, al amigo, al padre, a la madre, al abuelo o a aquella persona que alguna vez hizo algo importante por los demás sin pensar que un día acabaría subida a un escenario.

La maestra, señorita Tita, puso palabras al regocijo en nombre de los distinguidos, hablando del orgullo de sentirse parte de la memoria colectiva.

Y después apareció Morgan, humorista de raza, incapaz de desprenderse del ingenio ni siquiera en un momento solemne. Metió a su querida suegra en el repertorio, jugó con las rimas y volvió a demostrar que el humor también puede ocupar un lugar digno entre los reconocimientos y las emociones.

El alcalde, Juan Carlos Hernández Atta, cerró las intervenciones poniendo significado a eso que tantas veces repetimos y que no siempre sabemos explicar: hacer pueblo. Reconocer los valores humanos, agradecer la entrega de quienes nos precedieron y sentirse simplemente un operario más dentro de esa enorme construcción colectiva.

Y entonces llegaron los abrazos. Abrazos largos.

Miradas que decían bastante más que los discursos. Familias emocionadas.

Recuerdos de quienes ya no estaban para recibir personalmente su reconocimiento.

Y esa sensación extraña y hermosa de que, por unas horas, la vida se había detenido para mirar hacia atrás con gratitud.

Entre aquella calidez comenzaron a escucharse dulces melodías, mientras fuera del teatro continuaba cayendo suavemente la lluvia.

Parecía incluso que la noche se había puesto de acuerdo con nosotros.

Afuera, las pequeñas gotas seguían mojando las calles y las luces jugaban a multiplicarse sobre los charcos. Dentro, la lluvia era otra: de recuerdos, abrazos, orgullo y agradecimientos.

Y mientras Valsequillo celebraba a sus gentes, San Miguel parecía hacerse un poco más fuerte en su reinado sobre las medianías.

Fue, sencillamente, una noche para reconocer lo que somos.

Una verdadera lluvia de emociones.

Feli Santana

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