OPINIÓN

DON BENIGNO LÓPEZ MONZÓN, UNA VIDA DE TRABAJO Y COMPROMISO

El recuerdo de un hombre que hizo de la confianza, la responsabilidad y el esfuerzo una forma de servir a su pueblo y dejar huella entre quienes compartieron su camino.

A menudo la vida coloca delante de nosotros pequeñas oportunidades que, con el paso de los años, terminamos comprendiendo que fueron mucho más importantes de lo que parecían. A veces no llegan envueltas en grandes acontecimientos, sino en un gesto de confianza, en una mano tendida o, sencillamente, en alguien dispuesto a creer en nuestra palabra.

En aquellos tiempos en los que casi todo costaba mucho esfuerzo, el primer patrimonio de una persona era precisamente ese: su palabra. La responsabilidad, el compromiso y la honradez funcionaban muchas veces como el único aval posible para comenzar a construir un futuro.

Y en esa manera de entender la vida aparece la figura de don Benigno López Monzón, vecino de Valsequillo, nacido en 1934 y fundador de Muebles Casa Benignoen Telde. Un hombre perteneciente a una generación que levantó negocios, familias y proyectos a fuerza de trabajo, constancia y sacrificio.

Quienes lo conocieron recuerdan a un hombre serio y respetable, profundamente dedicado a su trabajo y a su familia. A su lado estuvo siempre su mujer, Maruca, recordada también por su cercanía y humanidad, formando juntos una familia con sus tres hijos: Maricarmen, Paco y Tomás.

Pero la dimensión de una persona no siempre se descubre en las grandes cosas. Muchas veces aparece en esos pequeños gestos que terminan cambiando la vida de alguien.

Una de esas historias quedó unida para siempre a una máquina de escribir.

Una joven de pueblo, cargada de aspiraciones y con el deseo de buscarse otro camino en la vida, acudió un día hasta Benigno acompañada por su tía María. No llevaba grandes garantías ni documentos que demostraran su futuro. Llevaba algo mucho más sencillo: su voluntad de salir adelante y su compromiso de cumplir con aquello que prometiera.

Le pidió que confiara en ella y que le permitiera comprar su primera máquina de escribir.

Benigno dudó, como era lógico. Incluso le preguntó por qué debía confiar en que ella fuera tan seria como decía. Pero finalmente lo hizo.

Confió.

Y aquella máquina fue pagándose religiosamente, mes tras mes. No hicieron falta bancos ni grandes contratos. Entre ambos existía algo que entonces tenía un extraordinario valor: el compromiso adquirido y la palabra dada. Después llegarían otras compras para la casa y se repetiría siempre aquella misma relación de confianza.

Lo hermoso de aquella historia es que Benigno probablemente nunca imaginó hasta dónde llegaría aquel pequeño acto de fe.

Porque aquella máquina de escribir se convirtió en una herramienta para aprender. Llegaron las horas de práctica, las clases, las pulsaciones por minuto y finalmente unas oposiciones. A finales de los años ochenta, aquella joven consiguió aprobar sus primeras pruebas y comenzar el camino de su vida profesional. La vieja máquina que Benigno había confiado a su palabra terminó siendo, como ella misma recuerda, la primera piedra de su futuro laboral.

Quizá ahí se encuentre una de las mejores maneras de medir la verdadera dimensión de una persona.

No únicamente en aquello que consiguió para sí misma, sino en las oportunidades que ayudó a crear para los demás.

Don Benigno pertenecía a esa generación de comerciantes para quienes vender no consistía exclusivamente en entregar una mercancía y cobrarla. Existía una relación personal con el cliente, un conocimiento mutuo, una responsabilidad compartida. Se compraba un mueble, un electrodoméstico o una máquina de escribir, pero alrededor de aquella operación existían también cercanía, confianza y respeto.

Por eso, cuando una persona así se marcha, desaparece algo más que un empresario conocido.

Se marcha una manera de entender el comercio, el trabajo y las relaciones humanas.

La vida quiso además cerrar aquella historia muchos años después con otro encuentro profundamente emotivo. En el atardecer de su vida, ya afectado por la enfermedad, Benigno pudo asistir a la boda de su hija Mari Carmen. Quien tantos años antes había recibido de él aquella primera oportunidad tuvo entonces el honor de participar en aquel momento familiar y volver a encontrarse con él. Durante la celebración, pese al avanzado estado de su enfermedad, hubo un instante en el que pareció recuperar la claridad y estar plenamente presente junto a su familia.

Hoy, con la noticia de su fallecimiento, aquel recuerdo cobra todavía más sentido.

Porque una máquina de escribir puede parecer solamente un objeto viejo. Pero algunas máquinas guardan dentro una vida entera. Aquella llevaba escondidos sueños, esfuerzo, estudios, oposiciones y el comienzo de una trayectoria profesional. Y todo pudo empezar porque un día don Benigno decidió creer en la palabra de una persona que quería abrirse camino.

Ese fue su granito de arena. Tal vez pequeño para él en aquel momento, pero inmenso para quien lo recibió.

Hay personas que dejan su nombre escrito en una empresa. Otras lo dejan en una familia. Algunas consiguen permanecer también en la memoria de un pueblo.

Y existen personas que, casi sin saberlo, dejan además su huella en la vida de aquellos a quienes alguna vez ayudaron.

Don Benigno López Monzón fue una de ellas.

Se marcha un hombre de trabajo, de familia y de compromiso. Pero queda su ejemplo, queda Casa Benigno, quedan quienes compartieron su camino y quedan estas pequeñas historias que explican mucho mejor que cualquier biografía la clase de persona que fue.

Porque al final de una vida no cuentan únicamente los años vividos ni todo aquello que conseguimos levantar.

También cuentan las veces que alguien pudo seguir adelante porque un día confiamos en él.

Descanse en paz, don Benigno.

Y gracias por aquella confianza.

Inmaculada Garcia Ortega

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