LAS LAVANDERAS DE LA ERA DE MOTA

Ahora que las aguas bajan mansas, tranquilas, y aquel alboroto revuelto en amasijo de suciedades y tierras secas se convierte en reminiscencia del pasado, la asociación de vecinos de la Era de Mota saca esencia y creatividad para volver a lavar al barranco.
No se hicieron esperar. Como en otros tiempos, se aprovechan las piedras, el cauce, el arrullo del agua cristalina, que salpica al paso la herida del barranco, ahora sereno en la abundancia del momento. Se toman las tinas —bañeras de metal con asas—, el jabón Lagarto en pastillas —clásico eterno—, y se avisa a las vecinas para preparar los ruedos en la cabeza, las botas de agua con medias abrigadas, los delantales y la talega con almendras para engañar al jilorio.
Allí, debajo del puente de San Miguel, se apuestan. Cada mujer encuentra su piedra de lavar, casi siempre una laja tendida cerca de la corriente. La ropa blanca reposa en las cestas; los hombres también ayudan, en la compaña. Pero lo que toma forma de melodía festiva y coral, con aires de obra teatral, son los recuerdos volcados en un escenario olvidado, ahora matizados por la sabiduría de los mayores.
Entonces comienza el canto. Se aplican en coro a los estribillos. La ropa se estrega con jabón Lagarto y se golpea contra las piedras; se estruja, se aclara y se retuerce al final. Algunas prendas grandes requieren ambas manos, e incluso ayuda, para prensarlas y sacarles el agua del barranco. Luego buscan pitas cercanas para tender; y si no hay, sirven las ramas de matojos secos, o las piedras grandes. que estan limpitas de la lluvia. El sol hace su parte, mientras el canto en la lavandería rural se sostiene con entusiasmo.
Hasta las alpispas cantan y revolotean por los cañaverales, acompañando a mujeres y hombres de la Era de Mota, que se toman las tradiciones en serio, porque el barranco no corre todos los días. Y este regalo bien merece un guiño a los antepasados.
Solo faltaría que virasen las tornas y arrancaran las piedras de los molinos de gofio para echarlos de nuevo a girar.
Valsequillo sigue interpretando, de cerca, su esencia, recuperando la memoria con la sintonía fresca de aquellas alegrías: vivir, otra vez, las secuencias del barranco corriendo.
Feli Santana



