NO PODEMOS CAMBIAR LA HISTORIA

El año pasado, mientras veía el pregón de las fiestas de San Miguel en el cual se le hacía reconocimiento a los alcaldes que han dirigido el ayuntamiento de nuestro pueblo, recuerdo decirle a un chico que estaba a mi lado “es que veo a mucho hombre” (como ya sabemos, hasta la fecha, no hemos tenido una alcaldesa), y éste me contestó “no podemos cambiar la historia”.
Lo cual me hizo reflexionar. ¿No será que solo contamos una parte de la historia? ¿nuestro pueblo es hoy tal y como lo conocemos solo por el rol productivo? ¿qué pasa con ese otro rol reproductivo mucho más invisibilizado?
Y todo aquello me hizo evocar a mi adolescencia. La pasé en casa de mi abuela, en las casas baratas. Recuerdo como le gustaba recibir visitas, que casi siempre eran vecinas que venían a beber café, ver pasapalabra, contar alguna anécdota y, en definitiva, pasar la tarde. Yo tendría unos catorce o quince años, y me encantaba pasar un ratito con ellas, escuchar cómo hablaban de su niñez y adolescencia, y pensaba en lo diferente que había sido de la mía.

Entre ellas una había sido partera. Además, me contaban que también había amortajado a los difuntos. ¿Había un papel más esencial en la sociedad que alguno de esos dos? Otra me contaba que había emprendido un pequeño negocio con su marido. Que cuando iniciaban su andadura éste le decía que tenía dudas, que no sabía si seguir adelante. Finalmente tuvieron un negocio que les permitió vivir cómodamente gracias al empeño de ella.
Ni que decir tiene, todas ellas eran amas de casa. Hablaban de cómo había sido su juventud, de cómo era aquello que en su momento me parecía tan normal como de “preparar el bolso”, lo que quería decir que se despertaban antes de que amaneciera para preparar la comida a sus maridos. Mientras sus niños eran chicos. Si cuando estos crecían, resultaba que en la casa había hijos varones, la madre también le “preparaba el bolso” a ellos.
También eran ellas las que se encargaban del cuidado de los niños y de los mayores. Cuando los padres o madres (de él y de ella), habían llegado a la vejez, eran las mujeres las que procuraban todo lo necesario para que la persona mayor estuviera cómoda y atendida.
Reducir los logros de una sociedad o de un pueblo, solo a aquello que se ve, aquello a lo que prestamos atención, y lo más injusto, a lo remunerado, da como resultado ignorar lo más esencial porque, para que el pueblo de Valsequillo tuviera un alcalde, había alguien que se quedaba al cargo de sus hijos e hijas, de la comida, de los mayores. Porque quizá eran ellos los que construían, pero eran ellas las que sostenían.
No se trata de cambiar la historia. Pero podemos hacer lo posible por contar todas las versiones de esa historia.
TAYRI DEL PINO
