VALSEQUILLO CON SABOR A FRESAS DE VERANO

La Feria de la Fresa devuelve a Valsequillo su mejor aroma: organización, tradición agrícola y un pueblo volcado en celebrar el sabor de su tierra.
Amaneció caliente, con una de esas mañanas que parecen abrirle la puerta al verano. El aire traía el aviso de que las lluvias quedaban atrás —al menos las del largo invierno— y que la subida de temperatura no era solo calor, sino el primer presagio de un cambio de ciclo.
Así de animado subió “Perico Luminoso” al día grande de la Feria de la Fresa en Valsequillo. Es verdad que, con los recuerdos del año pasado, todavía quedaba alguna reticencia, alguna duda de quien vuelve con cautela a un lugar donde ya recibió escarmiento. Pero el portal Valsequillo Comunica había adelantado que el despliegue de seguridad era de campeonato: normas claras, direcciones bien marcadas y una organización dispuesta a que la fiesta recuperara su mejor cara.
Y la visita fue de llegar y besar el santo. No sabemos si Fresita o Fresito tienen quien los ampare, pero bastó un vistazo al despliegue extraordinario para entender que, esta vez, la responsabilidad no se había quedado en los papeles.
Aquello fue un paseo intenso y luminoso, un corredor de aromas dulces, colores encendidos y corazones contagiados por el potencial que derrochaba el pueblo. Pocas veces —o quizá nunca— se había visto con tanta claridad otra manera de hacer las cosas: la de un evento pensado, ordenado y cuidado, del que todos tomaron buena nota.
Allí estaban, en un centenar de carpas, la esencia roja y generosa de una fruta que tiene alma de fiesta. La fresa no solo se vende: se contempla, se huele, se regala y se celebra. Regalar fresas es casi como regalar flores; flores comestibles, hermosas y rotundas, capaces de enamorar primero a la vista y luego rendir el paladar.
Los freseros y productores vendieron sus cosechas en una feria de kilómetro cero, del cercado al consumidor, de la tierra a las manos. Y alrededor de ese fruto pequeño y poderoso se abrió todo un mundo: licores de fresa, bollería, pasteles, tartas, tartaletas, zumos, mojitos, bisutería con colgantes de fresas, helados y granizadas que sudaban verano con sabor a la fruta estrella.
Era un universo artesanal y agrario, activo y ordenado, traducido en fiesta, servido con orgullo y despachado con entusiasmo.
Hubo tiempo para verlo todo, para probarlo casi todo y para buscar una sombra donde aliviar la candela incipiente del veranillo de la fresa. Los bares se llenaron de visitantes buscando una cerveza fría, ese remedio universal contra el sol cuando el mediodía empieza a apretar. Muchos se quedaron a comer en los restaurantes del municipio, alargando la visita como quien no quiere soltar del todo una mañana bien aprovechada.
El rosario de visitantes fue intenso y fluido, sin atascos callejeros ni saturación de espacios. La mayoría salía con sus dos cajitas de fresas bajo el brazo, con la satisfacción sencilla de haber cumplido con el rito: comprar, pasear y saborear las delicias de las tierras de Valsequillo.
Y comentaban, y chismorreaban, y compartían impresión con los amigos de encuentro:
—Qué bonito está todo.
—Y sin atascos.
—Y qué bien organizado.
—Dos policías en cada esquina… ¿de dónde diablos sacaron tantos policías?
Lo decían los mayores con esa mezcla de sorpresa y retranca que solo ellos manejan. Pero daba gusto verlo.
Valsequillo rompió el molde y también el maleficio de la improvisación, de la chabacanería y de esa costumbre tan nuestra de echarle siempre las culpas a otros por los errores propios. En esta edición especial de la Feria de la Fresa, el municipio se dio un baño de gracia, funcionamiento y credibilidad. La fiesta recuperó cauce, serenidad y sonrisa, justo cuando comenzaba a tambalearse por las manías de politizarlo todo con pegamento, desgana y gestiones de poco vuelo.
Ahora el ritmo fue sereno y fluido. Los empresarios del sector se sintieron parte beneficiada de una feria que ha sabido tomarle el pulso a su singularidad. Una cita capaz de convocar cada año al sector agrícola, comercial y hostelero, con la respuesta de un público animado por la oferta, la frescura y la cercanía.
Y ahora, además, con el valor añadido de una organización felizmente afinada.
No era extraño ver al señor alcalde, Juan Carlos Hernández, con el chaleco de seguridad puesto desde las siete de la mañana, controlando el dispositivo, mientras sus compañeros de gobierno se activaban en todos los frentes para atender a la legión de voluntarios y profesionales que velaban por la seguridad de una fiesta que ya camina hacia la historia con titulares agradecidos.
La Fiesta de la Fresa no es propiedad de ningún colectivo ni debe servir de eslogan político. Es patrimonio del pueblo de Valsequillo, de sus agricultores, de sus empresarios y de su gente del campo. Es una celebración de quienes rinden culto al trabajo y a sus frutos, una expresión de color y aromas que invade durante un fin de semana las medianías.
La imagen que todos se lleven de ella debe nacer también del trabajo silencioso de la organización: ese engranaje invisible que permite que el visitante llegue, disfrute y regrese feliz.
Porque Valsequillo, este fin de semana, tuvo sabor a fresa. Tuvo color de tierra agradecida y aroma de cosecha compartida. Mostró su materia prima como una bendición humilde y poderosa, nacida del campo y ofrecida en cercanía.
Y el sol siguió cascando. Los puestos se fueron vaciando. La gente se marchaba con la resaca dulce del mediodía, mientras los bares continuaban con sus jornadas intensas de producción.
Hay placeres que no necesitan explicación. Morder una fresa de Valsequillo y sentir cómo revienta su aroma, cómo salpica su jugo y cómo se queda el verano en la boca, es uno de ellos.
Exquisitas.
Feli Santana
