FIESTA SESENTERA

Valsequillo vuelve a cantar su memoria entre Fórmula V, motos y coches clásicos, colores y una nostalgia que se niega a envejecer.
¿Qué tendrán aquellos dorados años de ilusión y anhelo para que, tantos años después, sigan despertándonos la misma sonrisa? La explosión de alegría se reflejaba entonces en la canción ligera, en aquellos mensajes sencillos que traía consigo el pop de los sesenta y setenta, banda sonora de una España que comenzaba lentamente a cambiar y de una generación que descubría nuevas formas de vivir, amar, bailar y mirar el futuro.
Hoy, vistos desde la distancia y la filosofía que concede el tiempo, uno acude inevitablemente a esa nostalgia condensada que duerme en el recuerdo y que, de repente, vuelve para mostrarnos cuánto hemos cambiado. Después de pasar por el filtro de los años y quedarnos únicamente con los momentos más entrañables, sobreviven aquellas pequeñas aspiraciones juveniles que entonces parecían gigantescas: el amor, el trabajo, la novieta, el coche, la discoteca y la ilusión de construir una vida propia.
Quizá por eso estos encuentros siguen teniendo tanto sentido.
Vivimos ahora en una sociedad digitalizada que observa demasiadas veces el mundo desde una pantalla, algo más distante, impersonal y sometida a ese «yoísmo» que coloca los intereses personales por delante de casi todo. Y luego están los pueblos, que mediante sus fiestas consiguen corregir por unas horas esas distancias, acercando nuevamente los conceptos de hermandad, solidaridad y empatía.
Valsequillo de Gran Canaria continúa viviendo esa transformación desde la creatividad, desde sus ganas de hacer cosas y desde una manera muy suya de interpretar la vida con sentido comunitario. Sus fiestas son probablemente el mejor termómetro de esa actitud, con una programación surtida que intenta abrazar diferentes sensibilidades: cultura, deporte, espectáculos, música, ferias, tradiciones y encuentros donde cada colectivo encuentra su lugar.
Y este año hubo un regreso especialmente esperado.
Después de dieciséis años, Fórmula V volvió a Valsequillo para decirnos también su adiós definitivo a los escenarios.
Más de cincuenta y cinco años de música, flores, colores, números uno y melodías atrapadas en la pátina de un tiempo que se niega a abandonar nuestra memoria. Paco Pastor, al frente de aquella aventura desde finales de los sesenta, regresó a Valsequillo como regresan los grandes: cargado de canciones que ya pertenecen a varias generaciones.
Y bastaron los primeros acordes para que el tiempo comenzara a caminar hacia atrás.
Cuéntame, con ese mensaje que tantos hicimos nuestro. Eva María, descubriendo eternamente la playa y el verano. Cenicienta, con su romanticismo sencillo. Y aquella Fiesta de Blas donde, como siempre, alguno acababa tomándose alguna copita de más.
Fue agitar el repertorio y poner al público a cantar descosido de nostalgia.
La noche se convirtió entonces en un homenaje colectivo a aquellos maravillosos años. No faltaron los atuendos de época, las pasarelas del concurso, los coches y las motos clásicas recorriendo los barrios en una cabalgata anunciadora, ni esa alegría contagiosa de quienes, por unas horas, decidieron volver a sentirse jóvenes.
La fiesta dio para mucho.
Para bailar, abrazarnos. Para encontrarnos con amigos.
Y, sobre todo, para sentirnos felices de pertenecer a un pueblo que sigue enriqueciendo sus celebraciones, que cuida sus encuentros y que sabe enarbolar su identidad desde muchas formas distintas.
Valsequillo tomó nuevamente sus calles, sus rincones y sus plazas. Abrió su casa grande para los suyos y también para quienes quisieron acercarse a compartir la celebración.
Y entre música, recuerdos y sonrisas brindamos una vez más por la vida, por la unión y por esa capacidad maravillosa de las fiestas para juntarnos alrededor de algo tan sencillo como disfrutar juntos.
San Miguel vuelve cada año acariciando el otoño.
Y esta vez llegó con música de los sesenta, coches clásicos, Vespas, vestidos de colores y canciones que parecían dormidas, pero que bastó escuchar de nuevo para descubrir que seguían viviendo dentro de nosotros.
Que no pare esa inercia.
Que no se apague esa energía restauradora.
Porque algunas fiestas no sirven solamente para celebrar.
Sirven también para recordar quiénes fuimos y reconocer todo lo que todavía seguimos siendo.
Feli Santana
