Miércoles, Octubre 16, 2019
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SOLO UN PRESIDENTE

ALFONSO2Ya resultan hastiantes los duelos y quebrantos por el fracaso de las negociaciones entre el PSOE y Unidos Podemos para la investidura de Pedro Sánchez. "Esto nos costará muy caro", "No sabéis lo que habéis hecho", "Cuando miremos hacia atrás no podremos creerlo". Es bastante estúpido y sumamente aburrido. Pedro Sánchez no quiso negociar y arrastró los pies hasta el penúltimo momento; Pablo Iglesias y los suyos fueron lo suficientemente oligofrénicos como para rechazar una Vicepresidencia y tres ministerios, tuvieran fisco más o fisco menos de capacidad competencial. Los que siguen lloriqueando por lo que pudo ser y no fue deberían explicar las razones de su insondable tristeza o de su pánico preventivo. Porque ni estuvo claro -no se llegó a negociar realmente- el programa de Gobierno, ni ambos partidos garantizaban una mayoría absoluta. Es más, las únicas fuerzas inequívocamente dispuestas a un apoyo más o menos sistemático al nuevo Ejecutivo (PNV, Compromís y los regionalistas cántabros) solo suman 166 diputados, lejos todavía de la mayoría absoluta. La única opción de Sánchez e Iglesias para aprobar unos presupuestos generales pasaban inevitablemente por conseguir el apoyo de los independentistas catalanes y/o de Bildu. Precisamente en vísperas de la sentencia del Tribunal Supremo sobre los autores de la intentona independentista catalana. Y ahí hubiera acabado la breve crónica del equipo gubernamental, con un gobierno de socialdemócratas, comunistas y populistas de izquierda estirando todavía más el chicle (ya chiste) presupuestario de Cristóbal Montoro, que hubiera sido lo mismo que estirar su propia insignificancia.

 

La mística resacosa de la izquierda unida jamás será vencida, la convicción semireligiosa de que una coalición de izquierdas -aunque una sea izquierda establishment y la otra una amalgama de fuerzas que considera caduco el orden constitucional- podrá traer prosperidad, disminuir la desigualdad, fortalecer el Estado de Bienestar y destruir una derecha supuestamente entregada a un fascismo de baja intensidad no es más que una extraña nostalgia compartida entre jóvenes que recuerdan el futuro y viejos para los que supone una venganza contra el pasado de los sueños rotos. Me cuesta entender -quizás porque no soy una cosa ni la otra- la necesidad de tantas emociones. No existe ninguna prueba o indicio -ni siquiera puede extraerse de las agónicas negociaciones del pasado fin de semana- de que un Gobierno como el anhelado hubiera conseguido priorizar objetivos políticos y sociales, ser eficiente y a la prudente en el gasto, transformar las administraciones públicas o avanzar en la batalla contra la crisis climática más allá de declaraciones tronantes declaraciones simbólicas.

En última instancia el sanchismo deviene una praxis que reduce la acción política a una estrategia propagandística para cada minuto. Para esto, la verdad, no se presenta una puñetera moción de censura hace un año: ni consigues aprobar los presupuestos generales, ni ganas con mayoría suficiente las elecciones, ni eres capaz de pactar con el centroderecha -Ciudadanos- o con la izquierda. No eres una política. No eres un proyecto. No eres una cultura. Eres solo un presidente dando vueltas alrededor de sí mismo: Pedro Sánchez.

Alfonso González Jerez 

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