Martes, Agosto 20, 2019
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MÁS PAÍS

Enrique BethencourtHemos vivido una etapa muy intensa en la última década. Los acontecimientos se precipitaron tras el 15M de 2011. Con la masiva ocupación de las plazas, de la reacción de jóvenes indignados ante la corrupción política, la falta de transparencia y las negativas perspectivas que presentaba su futuro. Como señaló en su momento Eugenio del Río fue «un clamor de una parte importante de las generaciones jóvenes –a la que se han sumado muchas personas de mayor edad–. Estas generaciones, pese al alto nivel de su formación, están condenadas a aceptar trabajos precarios que no corresponden a su cualificación o a percibir unos salarios especialmente bajos. También a independizarse muy tarde y a no encontrar una vivienda accesible y digna. El lema No somos mercancías encontró una rápida y vasta aceptación».

drechona

En las elecciones celebradas pocos meses después, en diciembre de 2011, el PSOE retrocedió significativamente en las urnas. Unos comicios que ganó un PP que alcanzó una rotunda mayoría absoluta, ayudado por la dura crisis económica y el manejo de esta por parte del Gobierno del socialista José Luis Rodríguez Zapatero. Aceptando el presidente socialista imposiciones como la reforma del artículo 135 de la Constitución, dando primacía al cumplimiento de la deuda y el déficit sobre los derechos sociales; una pactada de forma exprés con la derecha conservadora.

Un presidente, Zapatero, que impulsó importantes transformaciones en la igualdad entre hombres y mujeres, en los derechos de las personas LGTBI o en sacar adelante la trascendental Ley de la Dependencia, una de las leyes más relevantes de las aprobadas este siglo XXI, que convirtió en derecho ciudadano lo que antes era objeto de la caridad. Pero que ni pudo ni supo salir del naufragio de la brutal crisis económica y sus terribles consecuencias. No era fácil.

Se profundizó entonces, con la llegada de la derecha al Ejecutivo, en un período de políticas de austeridad, de profundos recortes en los servicios públicos, que perjudicaron gravemente a los sectores más débiles de la sociedad. En una reforma laboral que sus propios promotores caracterizaron como agresiva. En una etapa de transferencia de renta de los más pobres a los más ricos. En el rescate de los bancos, no de las personas. En un retroceso social del que aún no nos hemos recuperado.

Bipartidismo

Más tarde la situación dio una importante vuelta de tuerca con los profundos cambios en el sistema de partidos estatales. Primero con la irrupción de Podemos (sorprendentes y espectaculares sus resultados en las europeas de 2014) y de Ciudadanos (algún banquero señaló entonces que hacía falta un Podemos de derechas, y lo alimentaron mediática y, también, demoscópicamente) y, de forma más reciente, en las últimas elecciones generales celebradas en el pasado mes de abril, de la extrema derecha, tras casi cuarenta años fuera de la Cámara, desde aquella Fuerza Nueva que lideraba Blas Piñar. Modificando el ecosistema partidario y acabando, en fin, con el bipartidismo vigente desde el comienzo de la democracia.

El nuevo modelo, con tres fuerzas políticas en las derechas estatalistas (PP, Ciudadanos y Vox) y dos en el ámbito de las izquierdas (PSOE y Unidas Podemos), además de la continuidad de la presencia de las formaciones nacionalistas, de forma especial en Euskadi y Cataluña, y regionalistas, puede verse complementado con una nueva formación en el espacio de las izquierdas. Denominada, al menos de momento, Más País, y que abandera Iñigo Errejón, uno de los fundadores de Podemos, distanciado hace mucho tiempo de los modos y maneras de Pablo Iglesias.

Constituido sobre la inicial base de Más Madrid y con la pretensión de sumar a grupos diversos en distintas zonas del Estado, desde el valenciano Compromís a organizaciones gallegas o catalanas. No resultará nada fácil edificar un nuevo proyecto progresista estatal. Es difícil entender qué hay de común entre las transversales propuestas errejonistas y el distante discurso de Anticapitalistas. Ni será tampoco sencillo lograr una implantación relevante en el conjunto de las comunidades.

Más Madrid

No se sabe el efecto que tendría la aparición de esa nueva sigla en la izquierda estatal. El más damnificado sería, con toda probabilidad, el partido de Iglesias, del que procede Errejón, al que reduciría notablemente el número de escaños, según algunos sondeos. Aunque también al PSOE y, sobre todo, al conjunto de la izquierda que, con un voto más fragmentado, podría debilitarse frente al bloque de las derechas. Más aún si se ponen en marcha en el Estado fórmulas, como las de Navarra Suma, de confluencia electoral entre PP y Ciudadanos, quede esta limitada o no al Senado. Unas nuevas elecciones podrían precipitar esa nueva realidad con consecuencias imprevisibles.

Como imprevisibles son, también, los posibles apoyos a Más País en Canarias. Más allá de que alguna gente de UP o de su periferia haya manifestado alguna vez sus simpatías hacia Errejón y su mayor flexibilidad a la hora de entender la política o las relaciones con su competidor socialista. Si las fuerzas progresistas en España no aprenden a desarrollar un tipo de competición virtuosa, lo pagarán. Y lo pagarán todas», señaló en su momento Errejón. Lo dijo tiempo antes de dar el portazo en Podemos y marchar a la aventura electoral con Carmena. Viendo las relaciones estatales entre el PSOE y Unidas Podemos tras las elecciones de abril, ratificadas en las primeras jornadas de la investidura de Pedro Sánchez, no parece que le hayan hecho mucho caso. El clima es poco propicio para el entendimiento y se privilegian las mutuas desconfianzas.

«No se sabe el efecto que tendría la aparición de esa nueva sigla en la izquierda estatal. El más damnificado sería, con toda probabilidad, el partido de Iglesias»

En todo caso, no se encuentra entre mis preocupaciones la instalación de una nueva formación estatalista en Canarias. Espacio en el que hay más que sobrada oferta a derecha (PP, Ciudadanos y el afortunadamente casi inexistente Vox) e izquierda (PSOE y Unidas Podemos). Dispuesto, eso sí, a sumarme simbólicamente a su provisional denominación, Más País, pero, a ser posible, Más País Canario. Es decir, entiéndase, considero que en esta tierra lo que se precisa es consolidar un nacionalismo transversal, fuerte -no solo electoral sino también ideológicamente-, capaz de dar respuesta a las exigencias de la sociedad canaria de este final de segunda década del siglo XXI. En ese sentido, espero que los nacionalistas de las Islas estén a la altura de los retos que se les presentan en el próximo periodo. Muchos y complicados. Y para los que hace falta altura de miras y más reflexiones e ideas que ruido mediático.

ENRIQUE BETHENCOURT

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