Viernes, Abril 26, 2019
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DECIDIR SOBRE LA VIDA DE LOS DEMÁS

albertoEl derecho a morir debería ser considerado un derecho natural. Como el derecho a la vida. Sin embargo, la humanidad ha tenido que librar una dura batalla durante las últimas décadas para poder ejercer la decisión de vivir o morir cuando nos da la gana debido a sesgos morales y condicionantes religiosos.

El asunto no debería tener debate. Un paciente con pronóstico fatal, es decir, con una patología grave, progresiva e irreversible y con riesgo evidente e inminente de muerte tiene todo el derecho a pedir un final digno a su médico. De manera justificada y consciente. Eso significa que nadie tiene el derecho a seguirlo sometiendo a prácticas de ninguna índole para prolongarle la vida de forma artificial. Y, por contra, existe la obligación de acatar su deseo de dejarlo morir tranquilo o de acelerarle la muerte en el momento que él quiera. El debate solo debería plantearse en otros casos en los que los enfermos no tienen capacidad de decidir o su situación no es irreversible.

 

eutanasiaMaría José Carrasco, de 62 años, enferma de esclerosis múltiple desde que tenía 32, murió la semana pasada tras recibir un cóctel letal de manos de su marido, Ángel Hernández, que la ayudó a tomarlo después de haberla cuidado durante años. Fue el último acto de amor entre ambos. Ayudar a su mujer a no seguir sufriendo después de que ella se lo pidiese repetidamente. Sin embargo, ambos tuvieron que exponerse a la opinión pública por la sinrazón e hipocresía de una parte de la sociedad que se permite decidir y juzgar la vida de los demás.

«Siempre habrá enfermos en los que los remedios disponibles no sean efectivos»

El caso de María José demuestra que es necesaria una nueva ley que solucione el supuesto en el que una persona con una enfermedad irreversible y sin tratamiento pueda solicitar que se le administre una medicación que ponga fin a su vida de manera anticipada. No hay derecho a vivir a cualquier precio, sin condiciones dignas y con sufrimiento y dolor irreversibles e intolerables.

Los recursos paliativos a los que se agarran los contrarios a la eutanasia para justificar la vida de cualquier forma, suponen una alternativa más para aquellos que mantengan la esperanza. Pero no son incompatibles a la eutanasia. Y es que siempre habrá una minoría de enfermos en la que los remedios disponibles no sean efectivos. ¿Es necesario alargar la agonía cuando solo se esperan milagros? ¿Estaría dispuesto a alargar sus días postrado en una cama, drogado y sin esperanza? “Yo me quiero ir ya... Por favor, ayúdame”, le dijo María José a Ángel en la víspera de su muerte. Alto y claro. No hay duda. “Uno debe morir con orgullo cuando ya no es posible vivir con orgullo”, dijo. Friedrich Nietzsche.

ALBERTO ARTILES

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