Martes, Agosto 20, 2019
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CIRCULEN

ALFONSO2La técnica es más vieja que el hilo negro y ha sido utilizada habitualmente por movimientos y partidos ultraderechistas. Le Pen, por ejemplo, la instrumentalizó en Francia en los años ochenta del siglo pasado. Si no tienes votantes, si tus simpatizantes caben en una furgoneta y sobra sitio para organizar un bingo, si no te conoce ni el vecino de la esquina, si eres incapaz de publicitar tu mercancía política en la prensa o la televisión porque no le interesas a nadie, ¿qué puedes hacer? Pues acudir a los juzgados. Son gratuitos (o casi). Y entre tu equipo tienes, por supuesto, algunos abogados, puede que incluso buenos letrados, que sacrificarán algunas horas de asueto o de trabajo. Se trata de interponer denuncias y demandas, personándose en casos judiciales de real o potencial interés periodístico. Vox lo hizo asumiendo el rol de acusación popular de los dirigentes catalanes implicados en el procés y, más adelante, en la intentona independentista, en los tribunales catalanes y en el Tribunal Supremo. Además del impacto inicial, la actuación judicial como parte interesada supone el acceso a diligencias e informes con los que, a su vez, puedes engolosinar a los periodistas.

 

Eres a la vez coprotagonista y fuente informativa. Y ya vas muy bien. Una vez obtenida cierta notoriedad -por lo general al haber desembarcado en las instituciones representativas- puedes pasar de vengado justiciero a víctima propiciatoria. Tus mensajes son inequívocamente misóginos, racistas y chovinistas, pero no estás dispuesto que nadie lo diga. Y el enfrentamiento, el escándalo, la bulla, encajadas en un esquema de acción-reacción, siempre te fortalece. El siguiente paso, por tanto, es utilizar los tribunales como trincheras para un ataque personal contra dirigentes políticos de organizaciones enemigas, que son casi todas. Vox anunció a principios de diciembre una querella criminal contra Susana Díaz, entonces presidenta de la Junta de Andalucía, por incitación al odio. Ahora, en Canarias, ha presentado una demanda muy similar contra la portavoz del PSC-PSOE en el Parlamento de Canarias, Loli Corujo.

El escrito lo ha presentado Sigfrid Soria, que no es un personaje de un comic secreto de Wagner, sino un exdirigente y exdiputado del Partido Popular muy conocido por su amor al exabrupto despendolado, su defensa de una moral que considera inserta en el orden natural del Universo y su compromiso (probablemente extenuante) con la unidad de España. Don Sigfrid es la cabeza (por decirlo así) más conocida entre los voxistas canarios y se acercó a varios compañeros al juzgado para transmitir a la autoridad judicial que Corujo les odia mucho, les odia con una saña aterradora, y muchos ciudadanos, confundidos, podrían ser arrastrados hacia una violencia contra Vox de la que Soria, tal vez, ni siquiera excluya el desmembramiento en la plaza pública o el canibalismo en asaderos privados. Por supuesto Soria y sus caballeros de la mesa cuadrada no ignoran que descalificar política o ideológicamente a los partidos y sus dirigentes forma parte del debate político en una democracia parlamentaria. Les traer sin cuidado. Quieren apabullar, molestar, amedrentar si es posible y, sobre todo, obtener más publicidad. La respuesta es advertirles que no van a conseguir nada. Absolutamente nada. Solo unas risas entre todos los demócratas. Si ya han puesto la denuncia, señores, suban a sus caballos imaginarios, tomen sus imaginarias riendas y circulen.

ALFONSO GONZÁLEZ JEREZ

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