Viernes, Abril 26, 2019
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Viaje a Palestina 2

FotoDía 2. Jericó.

       Hoy hemos visitado la ciudad de Jericó, el punto más bajo del planeta en tierra firme: 400 metros por debajo del nivel del mar. Como cada día, nada más salir del hotel, volvimos a pasar por el control del muro. No deja de impresionarme. Con la luz del día se aprecia con mayor claridad esta obra, erigida para vergüenza de la humanidad, y que ha contado con financiación europea…algunas cosas no las entenderé jamás. A un kilómetro del muro paramos para esperar por una de las guaguas que tuvo más problemas de los habituales en el control, y decidimos bajarnos para sacar algunas fotos. Creo que sólo pasaron dos minutos, y ya teníamos tres jeeps de la policía israelí al lado nuestro mirándonos con cara de pocos amigos (conseguí sacar una foto sin que se dieran cuenta, porque de haberse percatado, me hubieran quitado la cámara. Oficialmente somos turistas, pero sólo oficialmente), así que nos subimos a las guaguas y continuamos el camino.

            Ya en ruta, pasamos por Jerusalén, aunque sólo para verla desde la guagua. La ciudad es un ejemplo perfecto, para todo aquel que quiera hacerse una idea, de cuál es la situación que se vive aquí. Las colonias judías están perfectamente delimitadas, y resulta muy fácil identificarlas: son urbanizaciones modernas, en perfecto estado, de lujo algunas de ellas y rodeadas por muros o alambradas para impedir el acceso a cualquier persona no residente. Las zonas de la ciudad donde residen los palestinos también se identifican de manera inmediata: barrios mucho más deprimidos, sucios y con muy pocas infraestructuras. Con la luz del día las diferencias son abismales.

            Pero como les decía, hoy nos fuimos a Jericó. A las afueras de Jerusalén viven algunos beduinos en chabolas como las que estamos acostumbrados a ver en Canarias. Nuestro guía, Jorge, nos dice que muchas de esas familias tienen dinero, pero prefieren vivir en esas condiciones antes que quedar recluidas intramuros. ¡Cuestión de dignidad!

            Cuando llegamos a Jericó, pusimos rumbo al Colegio Básico Femenino, en el que estudian 700 niñas. ¡Menuda fiesta la que se armó cuando nos vieron llegar! Entre las cámaras de vídeo, las de fotos y la agrupación de Gaiteras de Candás, que meten un escándalo enorme, nos lo hemos pasado genial. Como siempre, la educación y los niños/as nos dan muchísimas alegrías.           

            La directora del colegio nos decía que aunque las posibilidades de que las niñas y niños palestinos puedan acceder a estudios superiores son muy reducidas (y en el caso de lograrlo lo tienen casi imposible para poder encontrar un trabajo por todas las restricciones que les imponen los israelíes), continúan luchando. “Jericó - prosigue la directora – es una ciudad muy tranquila, porque está lejos del muro, y lo único que altera nuestro día a día es el check point de entrada a la ciudad”. Por cierto, una anécdota con respecto a los controles: cuando llegas a Jericó, tienes dos controles, el primero es el israelí: cuatro o cinco soldados, uno de ellos apostado en una torre apunta a casi todos los vehículos que son inspeccionados (ahora entenderán lo de que no se deben sacar fotos). Sin embargo, en el control palestino, los tres soldados nos reciben con los brazos en alto, saludándonos con una amplia sonrisa e incluso uno de ellos hace un gesto como queriéndose quitar su anillo de bodas al ver a las más de 150 mujeres que van en nuestro grupo. ¡Menudo harén pensaría!

            Tras la visita al colegio, también hemos tenido tiempo para recorrer algunos lugares emblemáticos: el primero, el árbol donde dicen que Jesús se encontró con Zacarías (un hombre de negocios que, como era muy bajito, tuvo que subirse al árbol para ver a Cristo) y cuando el de Nazaret lo vio le invitó a bajarse, para luego pedirle que lo alojara en su casa durante cuatro días.

            También vimos, aunque de lejos, el Monte Cronton (lo escribo tal cual me suena). Se dice que allí fue donde el Diablo tentó a Jesús, y por último, presenciamos el encendido del árbol de Navidad en la ciudad, con presencia de los representantes de las tres religiones monoteístas. En seguida me vino a la cabeza la letra de la canción de Jorge Drexler que dice: “Yo soy un moro judío que vive con los cristianos”. Como verán, no nos aburrimos. Sobre las 7 de la tarde dejamos Jericó, una ciudad que próximamente cumplirá ¡¡¡11.000 años!!! Es uno de los asentamientos más antiguos de la historia que todavía queda en pie.

            Mañana Hebrón, pero esa será otra historia.

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